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Investigación Documental sobre la Virgen de Guadalupe

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Altar de Nuestra Señora la Antigua

Por Ambrosio de Solís Aguirre
(1652)



Es Guadalupe un sitio que, el oriente
una legua distante del poblado,
tiene un cerro que a muchos hace frente,
más que galán, soberbio y arriscado;
mana a sus pies una pequeña fuente,
cortos caudales y cristal meguado,
quizá por que su heroica pesadumbre
tiene dónde mirarse a mejor lumbre.

Mas, ¡qué mucho! si goza resplandores
de quien el sol apenas es un rayo,
si sabe producir tan nuevas flores
que no produce ni conoce mayo:
duplicando María los Tabores,
en éste quiere hacer primer ensayo
de lo que estima hacerse nuestra hermana,
naciendo en él Criolla Mexicana.

Caminaba Juan Diego a la Doctrina
que en Tlaltilolco entonces se enseñaba,
y entre muchas oyó una voz divina
que por su propio nombre lo llamaba;
los retiros al cerro le examina
confuso, y aun pensando se engañaba,
cuando descubre en su mayor altura
el Prodigio mayor de la Hermosura.

Que suba manda, obedece Diego,
dícele que es la Madre de la Vida,
que vaya a la ciudad le manda luego
y al Obispo le diga su venida;
comienza a arder en Juan el casto fuego
y haciendo reverencia comedida,
parte al Obispo, dále su embajada,
mal recibida, poco acreditada.

Vuelve segunda vez, vuelve tercera,
y a su Señora dice que ha pensado
el Obispo y su gente que es quimera
lo que de su beldad les ha pintado;
que una señal será la verdadera
prueba de que verdad les ha tratado,
o envíe otra persona fidedigna,
que desprecian la suya por indigna.

Oh, prodigio, que al cielo se levanta
con nombres del mayor de los mayores;
mándale que en su limpia y pobre manta
recoja del peñasco varias flores;
el tiempo, que era invierno, al Indio espanta,
el lugar no acostumbra estos primores,
pues cuando mucho, espinas y jarales
producen sus helados pedernales.

Sube a buscarlas, y a uno y otro lado
la vista vuelve apenas cuidadosa
cuando del Paraíso trasladado
mira un cuartel de primavera hermosa;
corta las flores, tráelas al Prelado,
dícele que son señas de la Rosa
que halló entre las espinas por su suerte,
suelta los nudos y las flores vierte.

Aparece en la manta, ¡qué hermosura!
Enmudece el palacio, ¡qué portento!
Arrodíllanse todos, ¡qué ventura!
Las lagrimas se asoman, ¡qué contento!
Examina la vista, ¡qué pintura!
Llegarse quieren más, ¡qué acatamiento!
Pasó a pintarla, ¡qué imposible fuera!
Pasemos a mirarla, ¡quién pudiera!

Decir la forma de esta imagen santa
séame lícito sólo, pues en ella
a todas con milagro se adelanta:
está de sol vestida nuestra Estrella;
puestas las manos, y su hermosa planta
de media luna los candores huella,
albricias, que el misterio deseado
en esta Concepción el cielo ha dado.



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Bibliografía:



PEÑALOSA Joaquín Antonio, Flor y Canto de Poesía Guadalupana, Edit. JUS, 1a. Ed. 1987