| . | Investigación Documental sobre la Virgen de Guadalupe | . |

Actores:
La Santísima Virgen
Juan Diego
Juan Bernardino
Dos pajes
El señor obispo
Ángeles Músicos
MÚSICA
Con dulces acentos
las aves parleras
celebren, y aplaudan
a nuestra gran Reina.
Suenan ruido de pititos, remedando el canto de pájaros, y sale Juan Diego como asombrado.
JUAN DIEGO.- ¡Soberano eterno Dios!
¡Ser increado, Ser supremo,
que quisiste a tus hijos
sacarlos del cautiverio
del gentilismo, en que habían
tanto tiempo estado ciegos!
Yo te los doy infinitas
gracias, Señor por todo eso,
y quisiera que a porfía
hicieran todos lo mesmo.
¡Válgame tu Majestad!
¡qué felices días son estos!
y no aquéllos en el diablo
nos engañó! ¡cuántos yerros!,
¡cuánta infamia y maldá
me enseñaron mis agüelos!
¡probes indios, probes indios!
¿y qué hubiera sido de ellos,
si tu liberalidá
no les enviara el remedio?
¡Válgame Dios, cuánta muerte
en sacrificio sangriento,
al perro Huitzilopoxtli
los mayores cometieron!
Ese diablo, ese demonio
metido en on esqueleto
de on indio, a quien engañó,
era el oráculo nuestro;
éste por él les hablaba
a mis probes compañeros,
y en pago de sos embustes,
sos mentiras y embelecos
se derramaba la sangre
de los niños y los viejos
en sos manchados altares
sin medida, ¡grande obsequio!,
sí, grande para el demonio,
pos matando nuestros cuerpos,
luego después se llevaba
las almas a los infiernos.
No me acuerde, no me acuerde
los robos, los sacrilegios,
las venganza, las crueldades
de aquellos pasados tiempos;
Dios solo, Dios solo, sí,
condolido de so pueblo,
pudo con la fe cristiana
enviarnos todo el remedio
por eso yo agradecido
al beneficio que tengo
quiero obedecer so ley,
quiero cumplir sos precetos;
a esto voy a Tlatelolco,
sábado es hoy, si por cierto,
¡oh si llegue yo a buen hora
de oyir en aquel convento
de los padres franciscanos
el misa, que es mi recreo.
y le cantan a la Virgen!
¡Jesús, y qué lindo es esto!.
¡qué Sacrificio tan santo!,
¡qué gusto me causa verlo!
Éste sí es regalo a Dios;
no el del ídolo sangriento
en que nos matan los indios
como si fuéramos perro.
¿Quién no estará alegre?, ¿quién
no lo estará satisfecho
con tener onos ministros
que no lo son carniceros;
sino los pagre bendito,
tan humilde, tan modesto
como lo es entre otros muchos
(cuyos nombres no me acuerdo)
el padre Motolinía...
¡Jesús, qué pagre tan güeno!.
a él le oyí (Dios se lo pague
y lo de el reino del cielo)
que Dios ama el castidad,
y el Virgen santa lo mesmo:
y yo que a su Majestá
solamente agradar quiero,
le he prometido de ser
casto, porque este consejo
le acomoda a mi mojer
María Lucía... mas, ¡qué es esto!
MÚSICA
Baja hermosa Aurora,
Princesa divina,
a ser el amparo
de todas las Indias.
JUAN DIEGO.- ¿Qué es esto?, vuelvo a decir,
¿no es Tepeyac este cerro?
¿pues cómo está tan vestido
de resplandores y aseo?
Cada hoja de sus espinos
es un esmeralda bello,
cada tronco es on robí,
cada peñasco on locero,
los pajarillos parece
que el mósica lo aprendieron
según lo forman alegres
dulces coros en el viento,
¡qué plumas tan exquisitos!,
jamás los vide más bellos.
toda esta inculta maleza
es on pensil, es on cielo,
porque... (Voz) Juan.
Aparece dentro de un arco iris (que puede hacerse con papel de colores y luces por detrás) la imagen de María santísima, y estando tras del lienzo la misma niña que represente a la soberana Señora, dice lo que sigue:
JUAN DIEGO.- (Asombrado) ¡Dios mío! ¡Señor!
¡mi nombre oyí!, sí, no sueño.
Voz que dulcemente llamas,
¿donde estás?, ¡pero qué veo!
en un sol de resplandores
que deslumbran sus reflejos.
está una Señora allí;
¡ay, Dios, qué rostro tan bello!
VIRGEN.- Hijo mío, Juan Diego, a quien
como sencillo y pequeño,
amo tiernamente yo:
¿dónde vas?
JUAN DIEGO.- (Se acerca y se hinca al tiempo de responder a la Santísima Señora)
Voy, noble Dueño,
Señora del alma mía,
a México, y al Convento
de San Tiago Tlatelolco
a oyir misa.
VIRGEN.- Hijito tierno:
Sabe que yo soy María,
Madre del Dios verdadero,
quien es el autor de la vida,
Señor de la tierra y el cielo,
y es mi voluntad, atiende,
se me haga una casa, o templo
en este mismo lugar,
donde como Madre quiero
dispensar mis beneficios
a los indios, y a más de ésos
a cuantos con fe vinieren
a impetrar mi valimiento,
les mostraré mis piedades,
los llenaré de consuelos,
atenderé sus miserias,
seré propicia a sus ruegos,
y en fin, seré Madre toda
para mis hijos: y a efecto
de que lo tenga mi amable
voluntad, ve desde luego
a la ciudad, y al obispo
di que eres mi mensajero,
que yo te mando, y que me haga
en este lugar un templo.
dile todo cuanto has visto:
anda Juan, y ten por cierto.
que te compensaré grata
tu pronto obedecimiento.
JUAN DIEGO.- Voy Magresita, Señora.
a obedecer to precepto:
quédalos en hora buena.
y bendícelos to siervo (Vase).
Cúbrese la imagen, y cuando la música haya acabado de cantar los versos que siguen, se habrá puesto la perspectiva del palacio, o sala del señor obispo, con dosel, silla y cojín, delante habrá una cortina que cubra todo, y finja la antesala, y ésta se correrá a su tiempo.
MÚSICA
¡Oh, feliz nación!.
¡Oh, gente envidiable!
que tales cariños
debes a tal Madre.
Bendigan, Señora,
tus dulces piedades
los tiempos, los siglos,
todas las edades.
Descúbrese la vista de la primera cortina, y estará un familiar con sotana ceñida, y dice:
PAJE PRIMERO.- Tarde es, y su señoría
está malo desde luego,
pues aún no llama, sin duda
se desveló; mas ¿qué es esto?
¡ruido en la puerta!, ¿quién es?
JUAN DIEGO.- (Sale)
Señor, yo lo soy Juan Diego,
vengo a ver al Huey-Teopixqui,
(al pagre grande diremos)
porque le traigo un recaudo
de on persona de respeto.
PAJE.- Alguna majadería
será tuya, cuando menos.
JUAN DIEGO.- No señor, lo es on asunto
de bastante fundamento.
PAJE.- Cosa que se fía un indio
no importa mucho por cierto,
y así espérate allá fuera,
o vuelve mañana, o luego.
JUAN DIEGO.- No, señor, lo he de esperar
al Teopixqui... (Sale el otro paje)
PAJE SEGUNDO.- ¿Qué es, qué es eso?
PAJE 1.- Un indio que quiere hablar
a S.S. diciendo,
de no sé qué personaje
traer un recado secreto.
PAJE 2.- Vaya, algún chisme será
de estos indios majaderos.
JUAN DIEGO.- No, señor, es on asunto
de importancia.
PAJE 2.- Bueno es eso,
de importancia no se fía
ningún asunto a los necios.
JUAN DIEGO.- Quien a mí me envía, quizás
no me tiene tan en menos.
PAJE 2.- ¡Eh!, voy a avisar al amo
por si lo que dice es cierto (Vase).
PAJE 1.- (Aparte) Siempre han de andar estos indios
de todo haciendo misterios,
Ya le fueron a avisar
al Obispo, ahora veremos
cómo vienes a aturdirle
la cabeza con enredos.
JUAN DIEGO.- Señor, agora verás
cómo no lo son.
PAJE 1.- Veremos.
PAJE 2.- Que entre ese indio.
JUAN DIEGO.- Dios me ayude.
PAJE 1.- Vamos; entra.
Córrese la cortina a un lado y se ve al obispo sentado, a quien hace Juan una reverencia, y dice el
OBISPO.- ¿Qué hay de nuevo?
JUAN DIEGO.- On cosa traigo, Teopixqui,
que te lo ha de dar contento.
Yo lo soy de Cuauhtitlán,
y me los llamo Juan Diego,
de Tolpetlac los venía
a Tlatelolco, en el cerro
de Tepeyácac, señor,
hoy todavía amaneciendo
los oyí on mósica alegre
y los vi todito el cielo,
porque los vi ona niñita,
tan linda que... yo no puedo
decir osté, pagre mío
cómo lo era este portento:
En fin ella me llamó,
y me los dijo: Juan Diego,
yo soy la Madre de Dios,
María Virgen, anda luego,
a México y di al obispo,
que quiero que me haga un templo
en este mismo lugar,
donde mostraré el afecto
de Madre a cuantos devotos
busquen mis piedades. Esto
es señor, lo que vi yo,
y cumpliendo los preceptos
de ona reina tan hermosa
los vino a decir.
OBISPO.- (Aparte) No creo
lo este neófito dice,
¿si será algún embustero?,
¿o si el demonio tal vez
lo habrá alucinado?, Tiento
es menester, hijo mío,
para estas cosas. Yo quiero
informarme muy despacio
de tu mensaje; con esto
anda con Dios; y de aquí
a algunos días más que menos
volverás.
JUAN DIEGO.- Pues señor pagre,
¿qué hemos de hacer?, hasta luego.
Hace una reverencia y se va, cerrándose la apariencia.
MÚSICA
El mundo ha olvidado
que el Señor revela
a los pequeñitos,
lo que a otros reserva.
Pues aliento, Juan.
aliento y camina,
que de creerte tienen,
pues quiere María.
Vista primera, y sale Juan muy triste.
JUAN DIEGO.- ¡Qué tarde me despacharon,
y qué malas nuevas tengo
que darle a María Señora!,
¿qué haré yo? ¿pero qué es esto?,
¿no está allí la Niña hermosa? (Música)
por señas que a su festejo
lo cantan los pajarito
mil cosa, que yo no entiendo.
Descúbrese la imagen, y Juan se arrodilla.
Magresita de mi vida,
Niña linda, mi lucero:
mal quedé; pero no jué
por desobedecimiento.
Yo fui, Señora, en verdá
y vi al Teopixqui en efeuto,
díjele cosa por cosa
lo que contenía el precepto
de tu Majestad; más él
pienso que no me hace aprecio
ni me cree, porque presuma
que yo lo hago fingimiento;
y así te ruego, Señora,
le veas otro mandadero
mejor que yo, porque ansí
el Teopixqui quiera creerlo:
ya lo ves que lo soy indio
probe, tonto y tan plebeyo,
que no más soy macehual
para servicio del pueblo.
Magresita, no te enojes
sino haz como te lo ruego.
VIRGEN.- Oye, hijto muy amado:
yo muchos sirvientes tengo,
a quienes puedo mandar
a ejecutar mis preceptos;
mas conviene ciertamente
que tú desempeñes esto,
porque así es mi voluntad
y ha de tener por tu medio
el efecto, y así hijito,
ahora te mando, y te ruego,
que vuelvas mañana a ver
al señor obispo mismo,
a quien viste, y le digas:
que trate de hacerme el templo
que le pido y que María,
Madre del Dios verdadero,
siempre Virgen, es la que
te elige por mensajero.
JUAN DIEGO.- No te enojes, Reina mía,
por lo que dicho te tengo:
yo iré de muy buena gana
a obedecerte contento,
no me excuso; ni al camino,
ni al trabajo tengo miedo,
lo que sólo me acobarda,
es ver que no soy acepto
al Teopixqui, ni me cree;
con todo, volveré a verlo;
así como tú lo mandas
dulce y adorado dueño:
mañana espérame aquí,
cuando el sol se esté metiendo,
y te traeré la respuesta
de tu recaudo, que llevo,
y a Dios, niña Soberana.
VIRGEN.- Vete en paz, feliz Juan Diego.
Cúbrese la perspectiva, y el indio se va por su lado.
MÚSICA
Felices enhorabuenas
tenga este reino, Señora,
pues veniste a ofrecerte
por su madre y protectora.
A tu nombre gloria eterna
por tan singular favor,
que no lo ha logrado igual
otra ninguna nación.
Descúbrese el palacio del sr. Obispo, como la primera vez con los pajes.
PAJE 1.- ¿Has visto indio más simple
como el que vino ayer?
PAJE 2.- ¡Qué majadero!
¿Quién le habrá persuadido
de que la Virgen le habló?
PAJE 1.- Será hechicero,
y como el demonio tan astuto
quizá lo ha alucinado.
PAJE 2.- Sí, en efecto;
pero allí viene, él es, no hay duda alguna;
¿qué haces indio, ya vuelves?,
(Sale Juan Diego)
¿qué hay de nuevo?
¿Vienes a verlo al Obispo?
Todavía no, está durmiendo.
JUAN DIEGO.- Pagre, pues aquí lo aguardo
hasta que lo esté dispierto. (Siéntase)
PAJE 1.- ¿Y qué traes, otra embajada
cómo ayer?
JUAN DIEGO.- Sí, pagre nuestro.
PAJE 2.- ¿Y qué la Virgen te habló?
JUAN DIEGO.- Sí, señor.
PAJE 2.- Calla, embustero.
PAJE 1.- ¿Y te volvió a hablar ayer?
JUAN DIEGO.- Sí, señor, allá en el cerro.
PAJE 2.- ¿Qué te dijo?
JUAN DIEGO.- Ora verás,
al Teopixqui lo diremos.
PAJE 1.- ¿Y a nosotros por qué no?
JUAN DIEGO.- A ostedes no me dijeron
que yo les diera el recaudo.
PAJE 2.- Sólo por oír embelecos,
aviso a su señoría. (Éntrase)
PAJE 1.- ¡Daráse indio más molesto!
PAJE 2.- Entra: ya lo puedes ver.
¡Daráse indio visionero!
Vista del dosel, y el obispo sentado.
PAJE 1.- Entra, indio.
JUAN DIEGO.- (Hincado) Mi Huey-Teopixqui,
güenos días.
OBISPO.- Tenlos muy buenos.
¿Qué quieres?
JUAN DIEGO.- A ver te vengo,
señor pagre, tu perdona
este mi importunamiento.
Yo me lo jui ayer, señor,
para Tolpetlac mi pueblo
y al pasar por Tepeyac
los volví a ver en el cerro
la misma Virgen María,
que me mandó acá primero:
le avisé que había venido
a complir su mandamiento,
y le rogué te enviara otro
con su recado supremo,
a quien tú, quizá creerás,
porque yo lo soy plebeyo.
Ella no quiere, señor,
y dice que su deseo
conviene que yo lo diga,
y ansí que le hagas el templo
allá en el mismo lugar
donde me dijo primero;
y para eso me mandó
otra vez a hablarte, y luego
me dijo, que te dijera:
que es Madre del Verdadero
Dios, la Virgen María.
Tú verás si quieres creerlo.
OBISPO.- ¡Válgame Dios, si será
verdad lo que estoy oyendo!
¿Qué señas tiene esa niña?
JUAN DIEGO.- ¡Parece que lo estoy viendo!
Oye, pagre, como lo es,
a ver si pintarlo puedo.
En el centro del sol, cuyos colores
matizaban lucidos resplandores
vide una niña hermosa,
toda ella linda, sí, toda graciosa.
Amable, trigueñita,
yo lo pensaba pagre, que era indita.
Sus ojos, si los vieras,
de admiración y gusto te murieras
lindos, negros y bellos,
iguales a las cejas y cabellos;
la frente es despejada,
la nariz pareja y afilada;
una y otra mejilla
son dos fragrantes rosas de Castilla,
la boca es un rubí; pero pequeño;
la barba es de primores el diseño.
El cuello es firme, blanco y bien torneado,
las manos, sólo Dios que les ha criado.
¡Con qué gracia las llega
juntas al pecho, en ademán que ruega!
Viste de oro bordada,
una túnica roja, o encarnada,
a la que su cintura
un cíngulo morado la asegura,
y cierra junto al cuello
una gracioso botón, de luz destello,
que en el medio grabada
tiene una negra cruz. Está adornada
con un manto decente
que de pies a cabeza honestamente
la cubre: su color, ¡oh, qué consuelo!,
¡cuál otro puede ser, sino del cielo!;
mírase guarnecido
de un dorado filete muy pulido,
y en el centro del manto en luces bellas
tiene cuarenta y seis lindas estrellas.
Una corona peina
la cabeza imperial de esta gran reina;
a toda esta belleza cual ninguna,
sirve de peana la menguante luna;
¿y qué mucho si un ángel con ternura
también está a los pies de su hermosura?
Este dibujo, la rudeza mía
es el que puede hacerte de María.
Si tú, pagre, la vieras
como yo logré verla ¿qué dijeras?
dijeras: que era linda, que era hermosa
como sol, como luna, como rosa,
la criatura más bella
que hay después de Jesús; si encarecella
quisieras mas, ¡oh, pagre!, ¿qué dirías?,
nada por cierto, porque no podrías
retratar con viveza
tanta hermosura, gracia y gentileza
de niña tan piadosa y peregrina
Madre piadosa, emperatriz divina.
OBISPO.- Hijo, tú ignoras sin duda
que lo que dices es raro,
y que no se pueden creer
tan fácilmente milagros
de esta clase, y que es preciso
con prudencia averiguarlos;
pero no obstante, si estás
firme en lo que me has contado,
a esa niña que te envía,
dile, pues, que yo te mando
le pidas algunas señas
para creer que no es engaño,
y en viéndolas yo prometo
cumplir su gusto sagrado.
JUAN DIEGO.- ¿Qué señas lo quiere osté
pagre grande, para trarlo?
OBISPO.- (Aparte) (¡Gran confianza!, esto parece,
que es verdad; más sin embargo...)
pide tú, las señas sólo
así como te lo mando,
que la Virgen te dará
las que fueren de su agrado.
JUAN DIEGO.- Está muy bien, pagre mío,
Dios te guarde muchos años. (Vase).
OBISPO.- (A los pajes) Aunque Dios a los humildes
mil veces ha revelado
cosas que ha tenido ocultas
a los prudentes y sabios,
y yo por esa razón
pudiera persuadirme algo
a que es cierto, lo que este hijo
por dos veces me ha contado,
más inquisición es justo
se haga, en asunto tan arduo;
y así pues, de mi confianza
sois vosotros, os encargo:
que con toda diligencia,
y con el mayor cuidado
sin que lo pueda advertir,
sigáis a este indio los pasos,
de suerte, que sin perderlo
de vista, miréis si acaso
habla a alguno en el camino,
que va al pueblo de Santiago,
o en donde él dice le dio
la Virgen santa el recado.
LOS DOS PAJES.- Señor, obedeceremos
puntuales vuestro mandato. (Vanse).
OBISPO.- ¡Santo Dios!, tú sólo sabes
si es verdad lo que he escuchado
y así, si lo es, te suplico:
que te sirvas aclararlo.
pues se interesa tu gloria
en que se cumpla el mandato
de tu soberana madre:
en las tuyas y en sus manos
dejo el acierto Señor
de acierto tan delicado (Vase)
Cúbrese la apariencia y se ve la primera. Sale Juan Diego y a lo más lejos que puedan los pajes con capas y dice Juan Diego sin dejar el trotecito de indio, de modo que acabando el verso se esconda tras el cerrito:
No hay modo de que me crea
el Teopixqui, soy plebeyo,
probe indio, ¡válgame Dios!
¿qué diré? pero ya llego
donde me espera la niña,
y ella ha de ser mi consuelo. (Vase)
PAJE 1.- No lo perdamos de vista.
PAJE 2.- ¿Qué no? si ya no lo vemos.
PAJE 1.- ¿Pues ahora no iba allí cerca?
PAJE 2.- Sí; ¿más dónde está? ¿qué es esto?
PAJE 1.- En un instante lo hurtó
de nuestros ojos el cerro.
PAJE 2.- Búscalo entre los matones,
mientras doy la vuelta presto. (Vase).
PAJE 1.- (Como que busca) Por más que mi diligencia,
mi vigilancia y empeño
busca al indio entre las yerbas
y matorrales espesos,
imposible es encontrarlo,
¡han visto indio!, ¿qué se habrá hecho?
PAJE 2.- ¿No parece por aquí?
PAJE 1.- ¿No está por detrás del cerro?
PAJE 2.- La tierra se lo ha tragado,
sin duda que es hechicero.
PAJE 1.- No hay duda que hemos quedado
con el encargo bien frescos,
¿qué cuenta iremos a dar
a nuestro amo? ¡buen empeño
ha echado su señoría
para averiguar enredos!
PAJE 2.- Todo eso ya nada importa,
vámonos, que allá veremos
qué le decimos al amo.
PAJE 1.- ¿Qué hemos de decir? marchemos. (Vanse. Sale Juan)
JUAN DIEGO.- ¡Gracias a Dios que ya estoy
Cerca!… (Aparece la Sma. Virgen) pero hermoso dueño,
¿Aquí estás, mi magrecita?,
siempre más linda que el cielo.
Mira: yo lo volví a ver
(compliendo tu mandamiento)
al Huey-Teopixqui y no quiere
por más que le digo, creerlo,
yo le dije tu belleza
con mi rudo entendimiento,
y me mandó que te pida
on señal, pa´hacer el templo.
Tu verás, Señora mía,
qué quieres que haga tu siervo.
VIRGEN.- Hijo mío, a quien tiernamente
amo, mucho te agradezco
la puntualidad con que
obedeces mis preceptos.
Vuelve mañana a este sitio
y te daré un signo cierto,
con el que obispo te crea,
y ejecute lo que ordeno.
Vete en paz.
JUAN DIEGO.- A Dios, Señora,
Magrecita, A Dios mi dueño. (Vase)
MÚSICA
Con rosas quiere
manifestar
María divina
su voluntad.
Cúmplase siempre
y a su señal
produzca rosas
el Tepeyac.
Vista primera. Sale Juan Diego.
JUAN DIEGO.- ¿Qué le diré yo a la niña,
si otra vez a verla vuelvo?
me dijo que ayer viniera
por las señas, y en efeuto,
hubiera venido yo;
pero encontré muy de riesgo;
a mi tío Juan Bernardino
y por eso voy corriendo...
más por aquí si me ve
esta hermosa niña, pienso
que me lo ha de detener
y regañarme, por eso,
y ansina mejor será
coger la vuelta del cerro,
con esto no me verá
y llego pronto al convento.
Anda un poco, y al querer dar la vuelta al cerro, aparece la Sma. Virgen, cerca habrá una fuentecilla, y dice:
VIRGEN.- Hijo mío, querido Juan,
¿por qué son estos rodeos?
JUAN DIEGO.- (Hincado, turbado) Niña mía... Señora mía...
muy amada... ¿lo estás güeno?
¿cómo lo has amanecido?,
no pienses no te obedezco,
ni te enojes con tu siervo,
Magrecita, tengo un tío
muy malísimo en mi pueblo
de cocolixtle y está
que ya no tiene remedio:
quién sabe si a la hora de ésta,
Magrecita, se habrá muerto;
por eso no vine ayer,
y por eso iba corriendo
a Tlaltelolco, porque
on pagre lo está pidiendo
para confesarse, ansí
Magrecita, yo te ruego
tengas tantita paciencia,
no digas que yo no quiero
hacer lo que me has mandado
ni que es mentira todo esto,
porque es la pura verdad,
y ansina mañana vuelvo,
y obedeceré puntual,
Señora, tu mandamiento.
VIRGEN.- Oye Juan, hijo querido;
no tengas pena por eso,
no temas enfermedad,
ni otro accidente molesto.
Dime: ¿no soy yo tu Madre?
¿no estoy para tu remedio?,
bajo de mi amable sombra
¿no estás tú a mi cargo puesto?
¿No soy la vida y salud
para todos los enfermos?
No te aflijas por tu tío,
y cree, que en este momento
goza perfecta salud,
y así cumple mi precepto.
JUAN DIEGO.- Pues envíame, magrecita,
con el señal.
VIRGEN.- Sube, tierno
hijito mío muy amado
allá a la cumbre del cerro,
donde me has visto otras veces,
y hallarás un vergel hecho
de rosas, corta las que halles
y en tu capa luego traelas
y yo te diré, lo que
has de hacer y decir.
JUAN DIEGO.- Vuelvo.
Sube y recoge las rosas en su tilma y mientras la música canta de modo que acabando el último verso, esté de vuelva hincado ante la santa imagen.
MÚSICA
Sube Juan confiado,
que aunque hoy es invierno,
una primavera
se han vuelto los cerros.
¡Qué mucho produzca
rosas este suelo
si lo santifica
María nuestro dueño!
JUAN DIEGO.- Ya están las flores aquí
Magre, divino portento. (Muéstralas extendiendo la tilma)
Toma la Virgen las flores y volviéndoselas a echar le dice:
VIRGEN.- Pues ves ahí, hijo, la muestra
que al obispo mandar quiero,
dile, que por señas de ellas
haga lo que yo le ordeno;
ve seguro que te dé
todo crédito y asenso;
pero mira: que a ninguno
las manifiestes, sino
al señor obispo mismo,
a quien le dirás lo que
te mandé hacer hoy, con esto
le obligarás de manera,
que me ha de labrar el templo,
y a Dios, hijo, vete en paz.
JUAN DIEGO.- A Dios, magrecita bello. (Vase)
Vista del salón primero y los dos pajes.
PAJE 1.- Ahora me estoy acordando
de lo de antier, compañero.
PAJE 2.- Sí: ¿de qué?
PAJE 1.- ¿Cómo de qué?
del indio.
PAJE 2.- Reniego de ellos.
Lo que a mí más me incomoda
es el grande atrevimiento
de venir al tata obispo
a fingirle esos enredos.
PAJE 2.- No, yo por eso le dije
lo que hace al caso con éstos.
PAJE 2.- Sí, pues ¿y qué le dijiste?
PAJE 1.- Que son unos embusteros,
brujos y supersticiosos,
ignorantes y hechiceros;
y así no será mucho
que tal vez sea éste uno de ellos.
PAJE 2.- Hiciste bien en decir
la verdad de verbo ad verbum;
con eso tendrá experiencia
y ya no se fiará de ellos;
pero aguarda, ¿no es el indio
el que allí viene?
PAJE 1.- Es el mismo,
y ya entra...
JUAN DIEGO.- ¿Qué hay, pagrecitos?,
¿cómo les va? ¿lo están güenos?
PAJE 2.- ¿Qué hay, indio, cómo te va?,
¿vuelves con tus embelecos?
JUAN DIEGO.- No, pagre, lo vengo a ver
al Huey Teopixqui.
PAJE 1.- ¿Qué es eso?
Los dos quieren verle el envoltorio y él lo excusa.
JUAN DIEGO.- Nada, yo lo vengo a trer
no más al pagre grande esto.
PAJE 2.- Y, ¿qué es?
JUAN DIEGO.- Es ona cosita,
si tú lo vieras... muy güeno.
PAJE 1.- Este indio trae un regalo,
será de oro cuando menos.
PAJE 2.- No, compañero, son flores...
(Mete la mano y no puede coger nada).
pero cogerlas no puedo.
PAJE 1.- ¿Qué están pintadas?
PAJE 2.- Parece;
¿más su olor...?
aquí hay misterio,
yo voy a avisar al amo
para ver sólo en qué para esto. (Vase)
PAJE 1.- Vaya, ya estamos solitos,
enséñame, indio.
JUAN DIEGO.- No puedo,
porque quien esto me dio
dice que al Teopixqui mesmo
se las enseñe no mas.
PAJE 2.- Que entre ese indio.
JUAN DIEGO.- Voy corriendo.
Vista de salón y el señor obispo sentado bajo su dosel: Juan Diego se hinca y a poco de hablar, se pone en pie.
JUAN DIEGO.- Señor Pagre, ya otra vez
vengo a mi importunamiento;
yo me jui para mi tierra,
y el niña estaba en el cerro,
y yo le dije que tú
on seña estabas pidiendo
para creer, que yo lo soy
del Magre so mandadero
y me dijo, que a otro día
juera por ella; y en esto,
que lo jui a jallar mi tío
de los cocolixtle enfermo,
y ansí, no pude volver
a cumplir so mandamiento;
esta mañana venía
a Tlaltelolco, por verlo
on pagre, para que fuera
a confesar al enfermo;
me lo acordé de la niña
no lo estuviera en el cerro,
y ansí para no encontrarla,
torcí el camino, y en esto
que tan linda como siempre
me fue a salir al encuentro.
¿Qué querías que hiciera yo?
más de hincarlos en el suelo,
pedirle perdón porque
no se enojara. Allí mesmo
le dije cómo mi tío
se quedaba muy enfermo,
y por eso yo no había
vuelto a cumplir su preceto.
Ella me dijo: anda Juan,
que ya tu tío está muy bueno,
sube al cerro, corta rosas.
y traémelas aquí luego.
yo no replico; Señor,
subo arriba, y en efeuto
los hallo toda la cumbre
llenita de rosas fresco.
En mi vida los he visto,
pues aquel pedregalero
solamente espinos da,
y queneahuales groseros;
sin embargo los corté
las flores tan lindo, y bello,
los llené muy bien el tilma,
y bajé luego con ellos
se los enseñé a María
y con sos manitas tiernos
los cogió, y los volvió a echar
en mi tilma, y dijo luego:
anda vete, que ya llevas
las señas que te pidieron;
estas flores a ninguno
(si no es al obispo mesmo)
las enseñes, que por ellas,
me ha de fabricar las flores...
OBISPO.- A ver las flores...
Suelta Juan el lienzo, en que estará pintada la santísima imagen, se hinca el obispo y todos.
LOS DOS PAJES.- ¡Jesús! ¿Quién ha visto tal portento?
OBISPO.- ¡Sacra Divina celestial María!
¡Purísimo de Dios templo sagrado!
Feliz yo, feliz reino, que a porfía
tan singular favor hemos logrado,
Alábete la alada jerarquía,
bendígate Dios trino que te ha creado,
y gratos veneremos estos dones
que jamás dispensaste a otras naciones.
(El obispo en pie).
¡Feliz indio! a quien María
hoy ha quitado el ayate
(no ya como la mujer
de Putifar por vengarse,
del casto José, la capa
le quitó y fraguó el ultraje
más horroroso) sino
para mostrársenos Madre,
y ampararnos liberal
en nuestras necesidades:
deja que yo con respeto
a tan celestial imagen,
te la quite de los hombros,
y (mientras el templo se hace)
la ponga en el oratorio,
donde esté presea tan grande;
si no como ella merece,
a lo menos como es dable.
Mientras desata el obispo la tilma, a Juan Diego dicen los pajes.
PAJE 1.- Indio, ¡Qué Virgen tan linda!
JUAN DIEGO.- Ansí lo vi en Tepeyácac.
PAJE 2.- Eres dichoso, Juan Diego.
JUAN DIEGO.- ¿No lo decías que era fraude?
OBISPO.- A ver unas luces presto:
que vengan los familiares,
para que con la decencia
posible ahora se traslade
imagen tan soberana
al oratorio y cantadle
conmigo en acción de gracias,
la propia Antífona:
(Canta el obispo)
SALVE
Dios te salve, reina
y amorosa Madre
de misericordia,
fuente inagotable.
A ti suspiramos
llorando en el valle
de la triste culpa
de los funestos males.
Vuelve a nos tus ojos
llenos de piedades,
y como a tus hijos
no nos desampares.
Ruega por nosotros
al Hijo del Padre,
para que gocemos
de tu vista amable.
Salen los que puedan con hachas, y el obispo traerá la santa imagen; detrás Juan Diego; dan la vuelta al teatro, y entretanto cantan la antecedente Salve. Éntranse todos, y salen después el obispo, Juan Diego y los pajes.
OBISPO.- Ahora nos resta, hijo mío,
que tú nos guíes por delante,
al lugar donde te habló
la original de esta imagen,
y nos muestres el lugar,
donde quiere se le labre
el templo.
JUAN DIEGO.- Con mucho gusto,
¿vamos ahora, mi pagre?
OBiSPO.- Vamos hijo, enhorabuena.
PAJE 1.- Pues anda, Juan, por delante. (Vanse)
Vista primera, y salen todos, y conforme va andando Juan Diego, les va mostrando los lugares.
JUAN DIEGO.- Ya gracias a Dios llegamos
a Tepeyácac, mi pagre.
Mira, aquí fue primero,
donde lo vide a mi Magre:
aquí lo vi por segunda;
aquí lo vide antier tarde;
aquí ayer de mañanita;
allí están los pedregales
donde yo corté las flores,
¿ya lo ves como ahí no salen
sino espinas, y tal cual
mala yerba, y nopales?,
pues allí fue donde yo
corté rosas tan fragrantes.
OBISPO.- Bendigan todos de Dios
y de María las piedades.
PAJE 1.- Bendigámoslas por siempre.
PAJE 2.- Sean por las eternidades.
JUAN DIEGO.- Aquí junto de este pozo
con sos aguas minerales,
fue donde María Señora
cogió el rosas, y en mi ayate
me las volvió a echar diciendo,
Huey-Teopixqui, lo que sabes:
y por aquí, dice que,
tú so casita le labres;
y pues ya te obedecí,
dame to licencia, pagre,
para ir a ver mi tío.
OBISPO.- Anda, hijito, Dios te guarde:
(a los pajes)
y vosotros, id con él,
si en efecto sano hallaren
a su tío, traedlo, que quiero
despacio de él informarme.
LOS DOS PAJES.- Guarde Dios a V. señoría.
OBISPO.- Su bendición os alcance.
MÚSICA
Plácemes y enhorabuenas
démonos en este día,
que santificó este reino
la presencia de María:
y sea de la gratitud
la obligación más precisa,
ofrecernos por muy suyos
con demostraciones finas.
Y a tanta gloria
y a tanta dicha,
digamos todos
con melodía:
"Madre y señora,
seas bienvenida,
y eternamente
vive en las Indias".
Salen Juan Diego, Juan Bernardino, y los dos pajes. Vista de la sala del señor obispo.
PAJE 1.- Ya estamos en el palacio,
esperaos, mientras aviso.
(Éntrase uno)
PAJE 2.- ¿Qué te parece esta casa?
BERNARDINO.- Señor, está muy bonito.
PAJE 2.- ¿Quisieras vivir aquí?
BERNARDINO.- No, señor, los probes indios
mejor nos acomodamos
allá en nuestros jacalitos.
PAJE 2.- Y, ¿eso es ahora?
BERNARDINO.- No, señor,
sino desde el gentilismo.
Los reyes, los capitanes,
los nobles, los hombres ricos
vivían en casas como ésta;
con so hijo respectivo;
pero los probe ondequiera
viven muy obscurecido.
PAJE 2.- Ya sale su señoría.
BERNARDINO.- ¿El Huey-Teopixqui?
PAJE 2.- Sí, el mismo.
Sale el obispo con criados, y al hablarle se hincan los indios, y así que los bendice, se paran.
BERNARDINO.- Dios te guarde, Huey-Teopixqui.
JUAN DIEGO.- Dios te guarde, pagresito.
OBISPO.- La bendición de Dios Padre,
del Dios Hijo, y del Divino
Espíritu os felicite
por los siglos de los siglos.
Conque hijitos, ¿cómo va?
¿Qué hace mi buen Bernardino?
BERNARDINO.- Señor pagre, siempre bien
lo estoy para tu servicio.
OBISPO.- ¿Conque tú estuviste enfermo?
BERNARDINO.- Es verdá, mi pagresito.
OBISPO.- ¿Y qué tenías?
BERNARDINO.- Cocolixtle,
que lo llaman tabardillo
los españoles.
OBISPO.- Y bien,
¿Cómo sanaste?
BERNARDINO.- Un prodigio,
fue el que la vida me dio.
OBISPO.- Di cuál, que gustaré de oírlo.
BERNARDINO.- Yo lo estaba ya acabando
del mal, la vida en un hilo
lo tenía de tal manera,
que le dije a mi sobrino,
que viniera a la ciudá
a ver on pagre francisco,
para que me confesara
como manda Jesucristo;
él al instante obedece
mis ruegos, el probecito,
y aquella mesma mañana,
no lo tenía yo delirio,
sino que estaba cabal
con todos cinco sentidos,
cuando vide on resplandor
dentro de mi jacalito,
que le faltaba de fuego
lo que le sobraba en brillo;
vide dentro del jacal
volando onos muchachitos
tan alegre, tan contentos
tan robusto, tan bonitos,
que cantaban no sé qué,
que no me cansaba oyirlos;
en esto vide ona niña,
¡Jesús, qué cosa tan linda!,
que estaba dentro del sol
el sol era su vestido;
eran sus ojos... yo, pagre,
¡qué capaz soy de decirlo!,
sólo sí te digo, que
al instante que me vido
me encontré tan güeno como
si nada hubiera tenido;
¡qué ojos, pagre, qué miradas
derramaban de cariño!,
¡qué nariz tan bien formada!,
¡qué sonrosados carrillos!,
¡qué boquita!, los corales
no lo están tan encendido;
¡qué barba! ¡qué frente! todo
era on asombro, on prodigio.
Yo no puedo, yo no puedo
decir cómo era tan lindo;
ona tónica rosada
vestía de oro guarnecido
y ataba con una cinta
debajo de sus bracitos;
on manto de azul celeste
ribeteado de lo mesmo
tenía desde la cabeza
hasta sus pies peregrinos,
con 46 estrellas
que lo parecían zafiros;
ona corona imperial
tenía so cabeza lindo;
o servía a tan grande belleza
on luna negra de piso
(que delante de María
está oscuro todo brillo);
también lo estaba a sus pies
un hermoso mochachito
contento como la Pascua
de estar en tan buen servicio.
Esta Reina, esta Señora,
esta niña, este prodigio
de gracia, de santidad,
de belleza y de cariño,
mirándome con ternura
me dijo: oyes, Bernardino,
ya estás sano, le dirás
tú también al padre obispo
que te he visitado yo,
que tú también eres mi hijo
que me labre el templo que,
le digo por tu sobrino,
y que quiero se me dé
en él el culto debido
bajo la advocación
de Tequantlaxpeuh (hijo),
Dios te guarde; y al momento
desapareció el prodigio,
y yo quedé sano y bueno,
y los hay mochos testigos
de cómo lo estaba antier
de gravísimo peligro,
y ésta es pagre, la verdad.
OBISPO.- Sea para siempre bendito
el poder y la piedad
de Dios, que nos ha querido
enriquecer con la joya
de valor tan infinito;
y sea bendita María
por los siglos de los siglos,
que favor tan singular
dispensarnos ha querido.
Vosotros, indios felices,
vosotros, queridos hijos,
id en paz, y procurad
merecer más sus cariños
no olvidando en la virtud
el aumento y el cultivo.
Y tú, América dichosa,
tu, pueblo el mas distinguido
de todo el mundo, engrandece
tan especial beneficio
que no lo ha hecho a otra nación
María por tan raro estilo,
Bendícela, hónrala siempre
con cultos, con laudes e himnos.
No olvides, no, tal ternura
tal piedad, tan exquisito
favor, anhela devota
por mostrar tu agradecido
amor, porque de este modo
la obligues al desempeño
del prometido cariño,
para que con tan gran Madre
yo logre y todos tus hijos
verla en la celeste Sión
por innumerables siglos.
Aunque en Extremadura hay una imagen conocida también con la advocación de Guadalupe en un pueblo que lo toma del río de Guadalupe, que en arábigo significa "río de lobos", es diferentísima de la nuestra, pues aquella es de bulto con un niño en brazos; ésta, pintada y sin niño, aquella es hecha según noticia por San Lucas, ésta, o por sí misma o por los ángeles; es opinión también que la nuestra Señora dijo a Juan Bernardino se la llamase nuestra Señora de Quatlalapan o Tequantlaxopeuh, para nombrarse así el lugar donde se apareció y los españoles ignorantes del idioma mexicano corrompieron la voz. Véase el padre Florencia.
El 30 de octubre de 1817 se acabó de copiar este cuaderno de las religiosas del convento de nuestra Señora de Balvanera.
| . | |||||
|
Bibliografía:
LÓPEZ BELTRÁN Lauro, Teatro Guadalupano, Edit. JUS. 1972 |