| . | Investigación Documental sobre la Virgen de Guadalupe | . |

Una canción se escapa de mi lira -mi vieja lira-,
ha mucho tiempo en el fondo del alma arrinconada,
la épica lira, con su canción de piedra,
la que templaron mis abuelos
que fueron trovadores de gestas legendarias;
que supieron llevar, al son de los clarines,
el oro de los yelmos iberos
y el relumbrar metálico de las espadas.
Mis abuelos, poetas en las selvas,
que en las fiestas del sol
y en la algarabía de las danzas,
gustaban de narrar los mitos de sus dioses,
y las dulces mentiras de sus fábulas...
Bañada por el mar, bajo la ingenuidad del cielo,
en la salvaje majestad del bosque
y en la monotonía de las sabanas,
la Madre América lloraba, con dolor intenso
de sus generosas entrañas.
No pasarían muchos soles
antes de que ella se marchara.
América, la Madre India,
que se vestía de suaves madrugadas,
que encendía sus soles
y escanciaba sus tardes escarlata,
como la reina de algún país remoto,
o como una princesa encantada.
América, la que tejía poemas para sus hijos
con la magia arrobadora de sus montañas,
con la casta inquietud de sus lagunas,
y con la filigrana llameante de sus cascadas;
la que prendía, para sus hijos, canciones
en el viento que pasa,
en el perenne murmullo de sus fecundos valles,
y en la gigante cúspide de sus pirámides de plata.
Pero un día, floreció la aurora
engarzada de espumas y ceñida de palmas:
en las turgentes olas estaban los sueños de Colón,
vestidos de florestas y ardientes de montañas...
Pasó el tiempo, y en la diáfana languidez de las tardes
el rítmico galopar de los potros se escuchaba,
y canciones arrulladoras, de los hombres de blanca tez
y pensativa y lueña barba.
Y en las alturas de los montes,
temblaban las estrellas plácidas,
mientras la luna sacudía
sus guedejas de plata...
Y en el secreto impenetrable de la selva,
el indio, atormentado, como en un nido,
depositó sus lágrimas.
Y lloró sobre el río,
como un caer de hojas sobre las aguas:
y en concierto infinito
como tigre rugía y como ave lloraba.
Y la Madre murió... La Madre América
ya no tenía canciones como en las épocas lejanas,
para las horas infinitamente tristes de los crepúsculos,
o para las horas eternamente jóvenes de las madrugadas.
Ya empezaba a caer sobre los montes
la inclemencia de las primeras escarchas,
y en los vergeles vírgenes de los valles,
la salomónica flor se marchitaba.
La voz de la madre se fue perdiendo irremisiblemente
como el eco del viento en la barranca,
y en el alma del hijo descendía
una noche sin esperanza,
como náufrago que se le va la vida
por una eternidad sin playas...
Y fueron las plácidas estrellas,
el madrigal postrero de la Madre amada...
Por fin amaneció... Y la mañana transparente
parecía de cristal, como si el alma adivinara
en cada floración alguna rosa,
y en cada pensamiento una plegaria.
Allá en lo alto de una roca estéril,
puso su silla otra Princesa indiana,
Madre como la madre muerta,
más hermosa y más santa,
que tenía en la boca la miel de las abejas
y en sus cantos una canción de cuna para el alma.
-Como en otro tiempo María había venido
apresuradamente a la montaña...-
Pero no era la Reina de los Ángeles,
blanca como la nieve de Hermón,
rubia como los rubios trigales de Samaria,
a quien todas las vírgenes
intemeradamente llaman "llena de gracia".
No era tampoco
la Dulce Virgen nazaretana,
de tez hermosa
como las doncellas de su raza,
que llevan, por los rayos del sol de Judea
teñida tenuemente la cara.
Siendo la misma, era otra. Era la Virgen India
que traía a Dios en sus entrañas,
la soberana Sulamita bíblica
en su aderezo de Princesa indiana;
la Virgen con los ojos oscuros,
inmensamente hermosos, como los de la torcaza;
dulce, infinitamente,
como las hijas del Anáhuac,
con su manto salpicado de estrellas, y su vestido regio,
que pintaron auroras y encendieron crepúsculos de grana.
Era la Virgen -de Guadalupe se llamaba- que venía
a hacer brotar las rosas con sus manos de hada,
a habitar las desiertas soledades,
a hacer más suaves las hoscas lontananzas,
y hacer más dulces los fardos del destino,
y a hacer más castos los besos de las auras...
Y allí donde suaviza
en la colina estéril
evangélicamente santa,
plantó sus reales
y levantó el pendón de Capitana.
El sol prestó sus rayos para formar su trono,
y la luna un pedestal para sus plantas...
A sus pies cayó el indio
con su tristeza en el pecho y en sus ojos las lágrimas;
allí el rudo guerrero de Castilla
de fe sincera y rancia,
y en una sola se fundieron
aquellas dos antagónicas razas,
hablaron una lengua,
y elevaron a Dios una misma plegaria,
y al amor de aquella Madre India,
en torno a la colina santa,
Tepeyac se volvieron los Andes,
Tepeyac se volvieron todas las montañas.
Y América fue floreciendo de pueblos,
los hijos nuevos de una nueva patria:
hijos que llevan los ojos claros o azules
como los donceles de la Mancha,
y a la vez enigmáticos
como los leones de la pampa;
llevan en sus cabellos
los soles de Castilla, o la obsidiana,
y en sus almas de niños
las bravuras de los Corteses
y la melancolía de los Incas o los Mayas.
Madre de Guadalupe,
Princesa mexicana;
mira que las nevadas van pintando los montes;
mira cómo en los árboles el viento ha desgarrado su sonata,
y el invierno
está blanqueando las almas...
Virgen de Guadalupe,
alza tus ojos castos para mirar tu tierra mexicana,
y verás el paisaje de antaño: el Popocatépetl pensativo,
la dormida Iztaccíhuatl y el lejano Orizaba;
verás a tus plantas esos ríos
como apocalípticos monstruos de plata;
y más allá, a tus hijos, los que formaste a tu regazo,
los que aprendieron el canto y la plegaria
de tus labios maternos, y te llamaron Madre
desde aquella mañana
al pie de la colina estéril,
evangélicamente santa.
Alza tus ojos, Virgen Madre,
que con su fuego se iluminarán
todas las encrucijadas;
y serán menos negras las noches,
y las penas más santas.
Alza tus ojos, Madre de Guadalupe,
y ponte como faro en la montaña,
para que tus dos rútilos luceros
iluminen las almas.
Princesa nuestra, que una vez acariciaste
con tus regias palmas
la frentes de tus pequeñitos,
de esta tu tierra mexicana,
de nuevo abre tus manos,
ritualmente cerradas,
y las rosas brotarán fragantes
como en aquella límpida mañana.
Y que sea mi México una grandiosa tilma de Juan Diego
en que te quedes por siempre retratada.
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Bibliografía:
CRUZ, Salvador de la, Libro de Oro de la Poesía Guadalupana, Libro Mex editores, 1957 |