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Investigación Documental sobre la Virgen de Guadalupe

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El Argumento Negativo



Capítulo XVI del libro La Aparición de Santa María de Guadalupe, del estudioso nahuatlato D. Primo Feliciano Velázquez (autor de una de las más difundidas traducciones del Nican Mopohua), Editorial JUS, edición facsimilar de la primera edición de 1931, 1981







Las palabras de Joaquín García Icazbalceta se resaltarán con cursivas rojas, y los textos de otros autores o documentos citados por Velázquez irán en cursivas azules. Demás resaltes por Jesús Hernandez.





CAPÍTULO XVI
EL ARGUMENTO NEGATIVO

Carta acerca del origen de la Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe de México por don Joaquín García Icazbalceta.- La era de las impugnaciones.- Autos originales de la Aparición.- Historia escrita por el señor obispo Zumárraga.- "Ya no quiere el Redentor del mundo que se hagan milagros".- Descripción del arzobispado de México en 1570.- Está incompleta la historia de Motolinía.- Por qué no habló de la Aparición el Ilmo. Sr. Garcés.- Silencio de otros varones ilustres, entre ellos el V. Gante.- Fr. Bartolomé de las Casas.- "Aparición" que trae Mendieta.- Deficiencia del "Teatro" de González Dávila.- Fernández y Daza como biógrafos del Sr. Zumárraga.- No tiene lugar el P. Talavera entre nuestros escritores silenciosos.- Reservas de Muñoz Camargo.- No cupo el milagro guadalupano en la Rhetorica del P. Valadés.- Alusión a Guadalupe en la Historia de Durán.- Acosta no pertenece a los escritores mexicanos.- Dávila Padilla enmudeció en su biografía del Sr. Montúfar.- Qué contiene la segunda parte de la Crónica de Tezozómoc.- Ixtlilxóchitl no fue mudo.- En la Crónica de Grijalva no hay noticias de 1531.- El pasaje de Sahagún no se opone a la tradición.- Viajes de Fr. Alonso Ponce.- Torquemada y Bernal Díaz no trataron especialmente la devoción guadalupana.- Fr. Juan de Zepeda no predicó en la festividad de Guadalupe.- Silencio de los tres Concilios Mexicanos y de las actas del Cabildo Eclesiástico.- Alusiones del P. Cavo.- Mapas y anales indios.- No habiendo sido universal el silencio, no hay argumento negativo.


Don Joaquín García Icazbalceta sacó a la luz en 1881 su biografía de Zumárraga, primer obispo y arzobispo de Mexico, donde no hay una palabra sobre la aparición de la Virgen de Guadalupe. de escritor tan conocido en largos años por sus obras maestras y tan justamente estimado por sus meritorios hechos de piedad y de fe católica, causó admiración aquel silencio. Para que lo quebrantara, el Ilmo. señor arzobispo don Pelagio Antonio de Labastida le pidió su opinión tocante a un libro guadalupano recién compuesto por el Lic. don José Antonio González. Rehusó darla el señor García Icazbalceta, rogando que se le excusara, por no ser teólogo ni canonista. Insistió el señor Labastida en pedírsela, como a persona muy versada en la historia eclesiástica del país; diciéndole, para obligarle, que se lo rogaba como amigo y se lo mandaba como prelado.
De ahí vino que escribiera en 1883 su Carta acerca del origen de la Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe de México, en que, sin analizar el libro del Lic. González, porque no se propuso impugnarlo, prefirió exponer sencillamente lo que la historia dice de la Aparición de Nuestra Señora de Guadalupe a Juan Diego . No estaba la Carta destinada a publicarse. Viéronla, sin embargo, varios amigos del autor, entre ellos el insigne académico don Rafael Ángel de la Peña, de cuyos labios recibí la primera noticia. Don José María de Agreda sacó una copia íntegra, que, traducida al latín por otra persona, corrió impresa en 1890 con el nombre de Exquisitio Historica, aunque cambiada su forma epistolar y con algunas supresiones. La reprodujeron después, tal como salió de la pluma de su autor, El Imparcial en junio de 1896 y otros periódicos. El mismo año se hizo en México una edición especial conforme a la copia del señor Agreda.

En el fondo no es, no podía ser, la Carta enteramente original. De don Juan Bautista Muñoz, así como de fray Servando Teresa de Mier y don José Ignacio Bartolache, doctores los tres, tiene cuanto la hace parecer formidable.
No bien apareció la Memoria de Muñoz, que había estado sepultada en los archivos de la Real Academia de la Historia desde 1794 hasta 1817 (aunque por acá andaban innumerables traslados), la refutaron los doctores don Manuel Gómez Marín y don Miguel Guridi Alcocer. Rebatió a fray Servando el doctor don José Patricio Uribe, que en unión del doctor Omaña habían ya censurado el sermón antiguadalupano de aquel religioso. No faltaron las contradicciones a Bartolache; siendo de mayor precio la del doctor Conde y Oquedo, escrita en 1794 y publicada hasta 1852.
De suerte que hollada por controversistas de nombre la liza adonde entró el señor García Icazbalceta, maltrechos estaban los argumentos capitales de la impugnación. Mas no lo juzgó así el nuevo adalid, que declaró haber las apologías trocado sus dudas en certeza de la falsedad del hecho.
Era que, pidiendo ante todo documentos, sólo quería razones peculiares de historia. Y tan grande como es su reputación y tan profundo su conocimiento de nuestra vida colonial y tan castizo y elegante su estilo, todo lo empeñó en el debate, haciendo una concisa exposición de las objeciones, reforzadas mediante libros y escritos que sus predecesores no alcanzaron.

Comienza por asentar que "las dudas acerca de la verdad del suceso de la Aparición, tal como se refiere, no nacieron de la disertación de D. Juan B. Muñoz: son bien antiguas y bastante generalizadas, a lo que parece". Aludió, en prueba ,a las muchas apologías que ha sido necesario escribir; mencionando una carta del P. Lazcano, fecha el 13 de abril de 1758, y referente a la impugnación de "un desatinado fraile jerónimo"; la defensa del doctor Uribe, motivada sin duda por el sermón del P. Mier en 1794; la del señor Lic. don José Julián Tornel publicada en 1849; y no más. Pero, aun contando las otras que dejé citadas, de Gómez Marín, Guridi Alcocer y el doctor Conde, son pocas. Y si apartamos al desatinado fraile jerónimo, que acaso, como otro antiguo de su Orden, trataría sólo de reivindicar para la Imagen de Extremadura el culto y las limosnas que a la de México se daban; caemos en que de veras la Memoria de Muñoz marcó la era de las impugnaciones. En mano del señor García Icazbalceta estuvo retrollevarlas desde luego hasta 1556, cuando el provincial fray Francisco de Bustamante clamó contra la devoción guadalupana y aseveró ser la Imagen pintura del indio Marcos. Lo haremos por él; y acabalando la enumeración tenemos: un Bustamante empolvado tres siglos entre los papeles de la Curia; un inominado fraile jerónimo; un Muñoz sepultado por más de cuatro lustros en el archivo de la Academia; un Bartolache, que, de puro tímido o indeciso, quedó pronto olvidado; y un Servando Teresa de Mier, "cuyos escritos (según el mismo señor García Icazbalceta) han sido muy poco conocidos hasta estos últimos tiempos" [1].
Por lo que, a fin de cuentas, y dado el largo espacio que media entre la Aparición y la Carta (1531-1883) son pocos cinco impugnadores, de los cuales dos jamás tuvieron eco en libro alguno; y con los tres de residuo, al final del siglo XVIII, no se logrará convencernos de que son "bien antiguas" las dudas que engendraron y menos de que estén "bastante generalizadas".

Pregunta luego por las informaciones o autos originales de la Aparición, ya que, tratándose de un hecho tan extraordinario y glorioso, juzga harto inverosímil que no se hicieran o que, después de hechos, se perdieran. De su peso se cae la respuesta. Si un milagro debierse constar a la fuerza en papel sellado y bajo la firma de un fiel de fechos, la escritura tendría que existir, siempre que no ocurriera, como ha sido frecuente en nuestro país, la destrucción o saqueo de los archivos públicos. No se hallan autos, cuya falta explica tal cual apologista con razones más o menos plausibles.
"Algunos se han empeñado (dice la Carta) en que realmente existieron, y quieren probarlo refiriendo que el Sr. Arzobispo D. Fr. García de Mendoza (1602-1602) leía con gran ternura los autos y procesos originales de la Aparición, lo cual no consta mas que por una serie de dichos". Rectifiquemos. El único de tal empeño fue el historiador Miguel Sánchez. Afirmó como testigo y bajo juramento, haber comunicado sobre el particular con un vicario de la ermita, que fue el P. Bartolomé García, quien de boca del deán don Alonso Muñoz de la Torre supo que, habiendo visitado el señor arzobispo Mendoza "había visto que su Señoría Ilustrísima estaba leyendo los autos y proceso de dicha Aparición con singular ternura, y que así lo había manifestado y declarado a dicho señor deán".[2].
El testimonio es autorizado. Adelante veremos cuánta fe da el señor García Icazbalceta al gacetillero Antonio de Robles; ¡y se la niega a un testigo sacerdote y juramentado! Consta la existencia de los autos por una serie de dichos: no es otra cosa la tradición, la relación sucesiva de unas en otras personas. Pero es tan corta la serie, que apenas merece su nombre, si es verdad que dos eslabones no hacen cadena. El dicho del deán es de vista; el del P. García, de oídas: ambos fidedignos. Y a menos de pretender que el historiador narre solamente lo que ve u oye de testigos presenciales, será fuerza convenir en que la noticia es valedera. No lo será más la de los mismos autos, si se hallan alguna vez: el notario asentaría lo que dijo el señor Zumárraga que le refirió Juan diego.
Con una diferencia en contra de los autos: que mientras el deán Muñoz de la Torre no tiene tacha, se pondrá a Juan Diego la de ser indio, como se pone a sus paisanos de Cuauhtitlán, que atestiguaron en las Informaciones de 1666.

"Cuentan también que Fr. Pedro Mezquia, franciscano, vió y leyó en el Convento de Vitoria "donde tomó el hábito el Sr. Arzobispo Zumárraga", escrita por este prelado á los religiosos de aquel convento, la historia de la Aparición de Ntra. Sra. de Guadalupe, "según y como aconteció"." Por supuesto, no lo cree el señor García Icazbalceta, aunque el testigo sea intachable y de vista. Partió a España el P. Mezquía y ofreció traer el documento; pero no lo trajo, diciendo que no lo había hallado y que se creía había perecido en un incendio del archivo. Se objeta que el señor Zumárraga no tomó el hábito en Vitoria, ni consta que alguna vez residiese allí, ni hay otra noticia del oportuno incendio del archivo. Nada de lo cual viene al caso. No dijo el P. Mezquía que en Vitoria compusiera el prelado su narración del milagro, sino que la escribió a los religiosos de aquel convento; lo que no depende de que residiese allí alguna vez o de que allí haya tomado el hábito. Cosa que, además, el contradictor no indagó de cierto: asentó en su biografía del señor Zumárraga que "varían los autores acerca del lugar donde hizo su profesión religiosa;" [3], y copió las opiniones sin decidirse por alguna.

Al fin declara que "la falta de los autos originales no sería, por sí sola, un argumento decisivo contra la Aparición". Advirtiendo empero que el obispo Zumárraga debía ser el primer testigo, nota, como antes Muñoz, que no hay la más ligera alusión al hecho ni se encuentra siquiera el nombre de Guadalupe en los escritos del Ilustrísimo; y que "si nada dijo en lo mucho que tenemos, es suposición gratuita afirmar que en otro papel cualquiera de los que aún no se hallan, refirió el suceso". No tan gratuita, responderemos, supuesto lo aseverado por el deán Muñoz de la Torre y por fray Pedro de Mezquía. Ni pasamos por que se pondere lo mucho que de la pluma del señor Zumárraga tenemos.
Hablando de los escritos sueltos, aseguró el mismo señor García Icazbalceta en la biografía que "no puede quedar duda de que nos faltan muchísimos que se han perdido o permanecen sepultados en el polvo de los archivos".[4]. Y desde entonces (1881) hasta el tiempo de su Carta (1883) ninguno había sido descubierto o desenterrado. Posteriormente (1885) imprimió don Marcos Jiménez de la Espada en el Boletín de la Real Academia de la Historia tres cartas familiares de nuestro obispo; y a principios de 1919 halló otra en los archivos españoles el R. P. Mariano Cuevas, S.J. Cuatro es número exiguo para los muchísimos escritos que nos faltan. Más, sin preocuparnos de lo que una feliz casualidad nos depare, el modo con que se quiere esforzar este negativo argumento, da clara idea de su valor negativo. Al señor García Icazbalceta le parece seguro que la Regla Cristiana de 1547 es del señor Zumárraga. Quienquiera que compare su estilo con el de las cartas publicadas en 1885 y 1919, empezará por dudarlo, y acabará por negarlo, leyendo en el colofón que fue impresa por mandato de su señoría, a quien la congregación de obispos encomendó "la compilación, examen e impresión della".
De haber sido su autor, no necesitaba examinarla; siendo compilador, sí.

Tiene en verdad líneas de su mano, pero confirman lo que sostenemos: "quise ofrecer mi pequeño talento de lo copilar".[5]
Sin embargo, de la Regla saca en apoyo de su tesis el señor García Icazbalceta estas significativas palabras: "Ya no quiere el Redentor del mundo que se hagan milagros, porque no son menester, pues está nuestra santa fe tan fundada por tantos millares de milagros como tenemos en el Testamento Viejo y Nuevo". Y se pregunta ufano: "¿Cómo decía eso el que había presenciado tan gran milagro?". Pero si el señor Zumárraga no dijo eso, ¿qué admiramos? Escrita la Regla para gentes de fe arraigada, no se adapta a los recién convertidos: prueba de que, en efecto, fue compilada.
Las palabras que en ella preceden a las copiadas son éstas: "No debéis, hermanos, dar lugar a los pensamientos y blasfemias del mundo, el cual tienta a las almas, para que deseen ver por maravillas y milagros lo que creen por fe". Y el párrafo en que unas y otras se hallan, termina así: "No queráis, como Herodes, ver milagros ni novedades, porque no quedéis sin respuesta".[6] Se refiere a milagros deseados o pedidos curiosamente por quienes saben que los apóstoles y sucesores solían obrar maravillas para propagar el Evangelio.
No fue escrito para los que tal ignoran. Ni es creíble que de suyo asentara el prelado en las Indias Occidentales que el Redentor del mundo no quería ya que se hicieran milagros, a la sazón que el taumaturgo san Francisco Javier los multiplicaba en las Indias Orientales. Y sin ir tan lejos, el ilustre Motolinía, uno de los doce franciscanos primeros que cristianaban esta tierra, en su Historia de los Indios, compuesta durante los años de 1536 a 1541, refiere entre otros milagros el que recibió de fray Pedro de Gante, y fue la resurrección del niño Ascensio en Atlacuihaya (Tacubaya): "causa de que muchos se edificasen más en la fe y comenzaron a creer los otros milagros y maravillas que de Nuestro Redentor y de sus santos se les predican".[7]. ¿Podía pensar el primer obispo de México que en el principio de esta conversión renunciaría el Altísimo a las patentes demostraciones de su poder y a la directa manifestación de su gloria?

"Si del Sr. Zumárraga pasamos (continúa la Carta) a su inmediato sucesor, el Sr. Montúfar, a quien se atribuye parte principal en las erecciones de ermitas y traslaciones de la imagen, hallaremos que en 1569 y 70 remitió, por orden del visitador del Consejo de Indias D. Juan de Ovando, una copiosa descripción de su Arzobispado (que tengo original), en la cual se da cuenta de las iglesias de la ciudad sujetas a la mitra, y para nada se menciona la ermita de Guadalupe". Pudo así creerse, mientras permaneció inédita la Descripción; no ahora que la tenemos a la vista, publicada en México el año de 1897 por don Luis García Pimentel, hijo del señor García Icazbalceta. A la página 390 está la declaración, fecha el 7 de enero de 1570, del P. Antonio Freyre, "buen sacerdote y muy viejo", quien entre otras cosas manifestó: "que en esta ciudad sirve la capellanía de Ntra. Sra. de Guadalupe en Tepeaquilla, con ciento y cincuenta pesos de minas de salario, con dos misas cada semana..." He aquí mencionada la ermita. En los Papeles de Nueva España, y como parte de la Descripción del Arzobispado de México, dio a conocer don Francisco del Paso y Troncoso (1905) la lista y memoria que a 10 de enero de 1570 hizo el citado P. Antonio Freyre "en cumplimiento del mandato del ilustrísimo y reverendísimo señor don fray Alonso de Montúfar". Bastará copiar el principio: "Primeramente digo que la ermita de Nuestra Señora de Guadalupe Tepeaca está a media legua de esta ciudad..." Estas líneas y aquella declaración prueban que en la Descripción remitida a España por el segundo arzobispo de México se mencionó la ermita de Guadalupe.
La aseveración errónea del autor de la Carta, acucioso como ninguno en el estudiar y concienzudo en el escribir, es dos veces notable, porque a causa de ello dejó en duda lo que no es dudoso, que al señor Montúfar se debió una decente iglesia de Guadalupe, algo más significativo que la mención buscada; y no recordó el sermón de aquel Ilustrísimo, cuyo texto aludió tan claramente al prodigio, que aun los opositores de entonces lo entendieron: "Así como comenzó a decir el Ilmo. Señor Arzobispo, Beati oculi qui vident quae vos videtis, que fue el tema del dicho sermón, dijo fray Alonso (de Santiago), luego vi que iba a parar en Ntra. Sra. de Guadalupe"[8].

Tenemos, pues, un arzobispo que habló. Y aunque se alega que fueron igualmente mudos los primeros religiosos, así como otros personajes coetáneos, poco trabajo cuesta hallar de su silencio la explicación razonable: o no conocemos todos sus escritos, o no se vieron obligados a tratar del asunto, o, si se vieron, causa mayor les impidió tocarlo. El mismo señor García Icazbalceta nos da la razón, cuando expone: "La fuerza del argumento negativo consiste principalmente en que el silencio sea universal, y que los autores alegados hayan escrito de asuntos que pedían una mención del suceso que callaron".

Se empieza por el ya citado Motolinía, que "escribió en 1541 su Historia de los Indios de Nueva España, donde refiere varios favores celestiales otorgados a los indios; mas no aparece nunca en ella el nombre de Guadalupe". "Lo mismo sucede (añade el señor García Icazbalceta) en otro manuscrito de la obra, que poseo, muy diferente del impreso". Su hijo don Luis García Pimentel publicó después (1903) el manuscrito referido, que intituló Memoriales de fray Toribio de Motolinía. Pero ni los Memoriales están completos ni la Historia. Algo falta en las últimas hojas de aquellos, como su lectura revela; y la Historia carece de la cuarta parte, prometida en su capítulo noveno, la que solían reservar los cronistas para las Vidas de sujetos insignes. Hay también inequívocos datos de que muchas adiciones se perdieron, "porque quizás se encontraban en fojas sueltas, que dejó extraviar la incuria de aquellos tiempos". Así lo advierte don José Fernando Ramírez en su magistral estudio de Motolinía, puesto al frente de la Historia por el mismo señor García Icazbalceta; y ya se ve que en libros descabales se apoya mal el negativo argumento.

"Es muy notable (prosigue) el silencio de la célebre carta del Ilmo. Sr. Garcés al Sr. Paulo III en favor de los indios, en la cual refiere también algunos favores que habían recibido del cielo". Es que el asunto no pedía la mención buscada. Se propuso el señor Garcés probar la capacidad de estos naturales en orden a la fe y rechazar la vanísima opinión de quienes los motejaban de brutos, para no admitirlos en el gremio de la Iglesia. Después de encarecer el feliz ingenio de los niños y el buen proceder de los párvulos, su Ilustrísima narró en compendio algunos casos de fe y costumbres, que le constaban por sí mismo o por noticia de religiosos fidedignos.
Ejemplos. Que a Pedro y Santiago, dos neófitos de los primeros, les pareció ver, imaginaria visione videre videantur, dos caminos, uno mal oliente y el otro lleno de rosas y perfumes, y contemplar a Magadalena y Catarina cuyos simulacros conocían en pintura, que les decían: "era hediondo vuestro camino; el que seguís después del Bautismo, huele a rosas". Que el moribundo Martín dijo a su madre que le asistía: "Deja, madre, ¿no ves que vienen los padres con la Cruz y que la Señora me ofrece un precioso rosario?..."
No mencionó el señor Garcés el milagro guadalupano, porque no le venía al caso. Ni de él tenía que dar informe a la Santidad de Paulo III. Ya supondría que lo había hecho o lo haría el señor obispo Zumárraga, como obligado que era.

Así lo supondrían otros varones ilustres, a continuación listados por el señor García Icazbalceta. "Tampoco se halla cosa alguna en las cartas del V. Gante, del Sr. Fuenleal, de D. Antonio de Mendoza, y de otros muchos obispos, virreyes, oidores y personajes, que últimamente se han publicado en las Cartas de Indias, y en la voluminosa Colección de Documentos inéditos del Archivo de Indias". Sin embargo, tan imposible como asegurar que ya salieron a luz todas las cartas, lo será demostrar que tantos como aquí se citan, debieron comunicar la noticia que nos ocupa.
Escribiendo el 30 de abril de 1532, repetidas veces dijo al rey el señor Fuenleal: "Como el electo (señor Zumárraga) podrá de ello informar a vuestra Majestad... Porque dello informará el Electo de esta ciudad... el Electo dará cuenta...."[9]. Tenía que ser: dejaba al señor Zumárraga las cosas a su oficio pastoral concernientes. Los otros que sucedieron en el mando supremo, civil o eclesiástico, ya no estaban obligados o no tuvieron ocasión de referir en sus cartas un suceso anterior a su tiempo.
Quedó reservado a los que se propusieran escribir de historia o recibieran especial mandato; por ejemplo, al virrey don Martín Enríquez de Almanza, que, como sabemos, en obediencia a un real decreto, informó de la ermita y de la Imagen de Guadalupe.

En cuanto al V. Gante, está por conocer algo de lo poco que salió de su pluma. Hay cinco cartas suyas, una de 1529 y las demás posteriores a 1531. Al publicar la última, de 1558, mencionó el señor González de Vera "una breve relación de varios sucesos" [10] de que no alcanzó noticia el señor García Icazbalceta. Y se nos ocurre que, mientras el contenido de esa relación se ignore, arriesgado es afirmar que el autor fue mudo en el punto que tratamos. Hay un hecho significativo. En pintura antiquísima del convento de Cuauhtitlán estaba retratado el V. Gante, al lado de Juan Diego y Juan Bernardino, ante la Santísima Virgen: por algo le juntó el pincel con los que vieron la Aparición Guadalupana.

Probable es que de ella supiera fray Bartolomé de las Casas por el mismo señor Zumárraga, aunque no le dió lugar en sus numerosos escritos, de controversia los más, tocante a la condición de los indios, pero no de los mexicanos particularmente. Ni cupo en su Historia, que apenas llegó a 1520. Por su caràcter y estilo de su defensa, comprendemos que rehusó sacar argumentos de la intervención celeste.
Había dicho a Carlos V en la famosa audiencia de Molín de Rey: "Nuestra religión cristiana es igual, y se adapta a todas las naciones del mundo, y a todas igualmente recibe, y a ninguna quita su libertad y sus señoríos ni mete debajo de servidumbre, so color ni achaque de que son siervos a natura o libres... y por tanto, de Vuestra Real Majestad será propio desterrar en el principio de su reinado de aquellas tierras tan enorme y horrenda, delante de Dios y los hombres, tiranía, que tantos males y daños causa en perdición de la mayor parte del linaje humano; para que nuestro Señor Jesucristo, que murió por aquellas gentes, su real Estado prospere por muy largos días". No era de esperar entonces ni años adelante que quien usaba este lenguaje alto y severo de la justicia y del derecho, apelara a la conmiseración y a la piedad, para defender la causa que llenó gloriosamente su vida.
Con todo y ser poco devoto del egregio obispo de Chiapas, cuyo testamento sacó a luz, mejor que nosotros conoció el señor García Icazbalceta en qué campo y con cuáles armas luchó aquel hasta su postrer instante por la libertad de los indios, sin que hubiera menester la relación de un milagro, aunque le fuera útil, para esforzar su enérgica defensa.

De fray Jerónimo de Mendieta nos hace saber la Carta, que vino en 1552 y a fines del siglo compuso su Historia Eclesiástica Indiana, donde "cuenta, lo mismo que Motolinía, los favores que (estos naturales) recibían del cielo; y particularmente en el capítulo 24 del libro IV trae la aparición de la Virgen el año de 1576 al indio de Xuchimilco Miguel de S. Jerónimo, quien la refirió al mismo P. Mendieta; pero nada dice de Ntra. Sra. de Guadalupe".
¡La aparición de la Virgen! Lo que aquel pobre viejo de Azcapotzalco (no de Xochimilco) contó al historiador fue que "le apareció una mujer en figura, y hábito de india, muy bien aderezada y de buen parecer", la que, sólo porque Miguel lo refirió con insistencia y derramando muchas lágrimas, creyó Mendieta que "sería la Madre de piedad y misericordia o algún ángel"[11]. Nada dice de Nuestra Señora de Guadalupe; a pesar de que llegó en 1554 (no en 1552), el mismo año que el señor Montúfar, patrono de la famosa iglesia de Guadalupe, de la que ni siquiera el nombre se halla, y debía hallarse, en una Historia Eclesiástica Indiana. ¿Por qué tal silencio? Once años después de publicada primera vez la Historia, su mismo editor, que no fue otro que el señor García Icazbalceta, anunció haber llegado a sus manos una copia de los capítulos 57-60, "donde se expresa cuanto se quiso callar en el trasunto de la obra entera". [12].
Tocaba lo callado a ciertas cosas que hicieron los indios para impedir que los dominicos ocuparan los monasterios que dejaban los franciscanos. Y el motivo de haber callado fue el mismo por que calló y aun borró parte de lo escrito en el capítulo LVIII, como puede verse en la obra. A eso llamaban recato, que le forzó igualmente a callar todo lo relativo al clero secular y a los Concilios Provinciales, sin duda por haberse mezclado en la contienda de los regulares con los obispos. Y sabiendo, como sabemos, que su prelado, su amantísimo padre fray Francisco de Bustamante, a más de que encabezó la contienda, impugnó la devoción, milagros y culto de la Imagen de Guadalupe, nada tiene de extraño que la Historia Eclesiástica Indiana, desluciendo su nombre, no diga palabra acerca de ella.

Cual si no bastaran los autores ya dichos, sigue en la Carta una copiosa lista. "En las demás crónicas de aquel tiempo, escritas por españoles o indios (dice) , buscaremos también en vano la historia. Muñoz Camargo (1576), el P. Valadés (1579), el P. Durán (1580), el P. Acosta (1590), Dávila Padilla (1596), Tezozómoc (1598), Ixtlilxóchitl (1600), Grijalva (1611), guardan igual silencio. Tampoco dijo nada el P. Fr. Gabriel de Talavera, que en 1597 publicó en Toledo una historia de Ntra. Sra. de Guadalupe de Extremadura, aunque hace mención del santuario de México. El cronista franciscano Daza, en su Crónica de 1611, Fernández en su Historia Eclesiástica de nuestros tiempos (1611) y el cronista Gil González Dávila en su Teatro Eclesiástico de las Iglesias de Indias (1649) escribieron la vida del Sr. Zumárraga y callaron la historia de la Aparición. Ya la contó el P. Luzuriaga en la vida del mismo prelado, como que publicó su Historia de Ntra. Sra. de Aranzazu en 1686".

Siguiendo a don Juan Bautista Muñoz, pide el señor García Icazbalceta escritos anteriores a la obra de Miguel Sánchez, impresa en 1648; desechando por esto la Historia del P. Luzuriaga, que es posterior. Sin decirlo, presume que sugirió Sánchez a Luzuriaga su relato de la Aparición; mas quisiéramos saber cómo Sánchez no sugirió lo mismo a Gil González Dávila, que también escribió después. Averiguado está que el autor del Teatro Eclesiástico incurrió en graves defectos y errores, por falta de instrucción suficiente de las cosas de nuestro país. Escribió allende el océano y jamás estuvo aquí.
Relata como ocurrido en 1530 que la Emperatriz hizo saber a las señoras nobles de México "por medio del Arzobispo", que se ocuparan en ejercicios dignos de sus personas: todos saben que entonces no había arzobispo en la Nueva España [13].

Dedicó el señor Pérez de la Serna en 1622 la iglesia de Guadalupe, comenzada en 1609; y González Dávila nos dice que el arzobispo Manso y Zúñiga, inmediato sucesor de aquél, "reparó a su costa la ermita de Guadalupe".
Menciona la carta que el mismo señor Manso y Zúñiga dirigió al rey en 16 de octubre de 1629 sobre los estragos de la inundación de México; [14] y carece de palabras para contar que, con ocasión de la calamidad, fue conducida por primera y única vez de su santuario la santa Imagen a la catedral metropolitana: acontecimiento tan sonado, que no debió omitirse en una historia religiosa. Su catálogo de arzobispos de México está trunco; le faltan muchos y equivoca las noticias de otros; a que no halló disculpa el señor arzobispo Lorenzana, dado que, como indica, estaban en la Sala Capitular los retratos de todos los prelados, desde el primero hasta él, con la inscripción respectiva de patria, conducta y dignidad que obtuvieron. [15].
El mismo señor García Icazbalceta apuró la materia en su Don Fray Juan de Zumárraga, redujo al mínimo la biografía que de este prelado hizo Gil González Dávila, ya que, después de rectificarle un dato, no le citó sino para advertir que al obispo de Guadalajara Lic. Santos García le añadió el nombre de Francisco y le llamó fundador del colegio de Todos Santos, sin ser verdad una ni otra cosa [16] De donde concluimos que el silencio guadalupano del Teatro Eclesiástico, sólo arguye la deficiente instrucción del autor en asuntos mexicanos.

No más que una vez citó el señor García Icazbalceta en su estudio biográfico de Zumárraga la Historia Eclesiástica de nuestros tiempos por fray Alonso Fernández (Toledo, 1611) y la Quarta parte de la Chrónica General de N.P.S. Francisco y su Apostólica Orden por fray Antonio Daza (Valladolid, 1611), sin otro objeto que numerar a estos autores entre los que están por Durango como patria del prelado. [17] Y con solo eso nulificó las sendas biografías que traen del señor Zumárraga; pues, de haberles encontrado más datos interesantes, no habría dejado de espigar en ellas. Que nunca estuvo en México el P. Alonso lo asienta el propio señor García Icazbalceta, donde a la par anota, con relación a diverso asunto, que "no hizo más que copiar a Dávila Padilla, cuya obra cuenta entre las que le sirvieron para componer la suya [18] Tampoco estuvo en México el P. Daza: lo hubieran dicho tanto la Biblioteca Universal Franciscana de fray Juan Antonio como la Crónica Seráfica de fray Matías Alonso; ésta, sobre todo, al dar cuenta de los oficios que Daza tuvo hasta 1630 [19]
Consta, además, que mucho de lo que escribió Daza de la predicación del Evangelio en estas partes, fue tomado de las crónicas de Moles y de Gonzaga, quienes a su vez lo sacaron de un Memorial de fray Jerónimo de Mendieta. [20] De esa manera queda en claro que si Fernández y Daza no son por sí autoridades en lo que dicen del primer obispo de México, menos lo serán en cuanto a las circunstancias que, por defecto de instrucción, callaron.

De la lista de taciturnos debe borrarse a fray Gabriel de Talavera, "que en 1597 publicó en Toledo una historia de Ntra. Sra. de Guadalupe de Extremadura, aunque hace mención del santuario de México". Lo mienta en los términos siguientes el editor de cierto Libro de sensación: [21] "Fr. Gabriel de Talavera, jerónimo, que publicó en 1597 en esta de Madrid la Historia de N.S. de Guadalupe que se venera en Extremadura, fol. 454 (vuelto), dice que los conquistadores castellanos, en testimonio de su devoción a esta Imagen, dieron por nombre a una de las primeras islas que ganaron Guadalupe. La devoción de los conquistadores arraigóse y comenzaron a levantar iglesias y santuarios con el título de N.S. de Guadalupe especial en la ciudad de México de Nueva España" Se notará que mientras uno de los impugnadores (García Icazbalceta) hace salir de Toledo la Historia, el otro señala a Madrid. Más interesante es que al P. Talavera le refuten dos religiosos, también jerónimos y del mismo convento de Extremadura.
Fray Francisco de San Joseph, autor de una Historia Universal de la primitiva y milagrosa imagen de Nuestra Señora de Guadalupe (Madrid, 1743), a la página 199 refiere que los conquistadores extremeños, por devoción a la Virgen de Extremadura, de cuyos milagros daban noticia, consiguieron por estas regiones, no que le erigieran templos sino que le ofrecieran limosnas, para cuya agencia y segura conducción salieron de aquel monasterio fray Diego de Ocaña y fray Diego de Santa María. El primero fue al Perú y en la ciudad de los Reyes "erigió una capilla a Nuestra Señora de Guadalupe y colocó en ella su santa imagen".
El segundo vino a México, de donde escribió al rey, a 12 de diciembre de 1574, avisándole haber hallado aquí una ermita de Nuestra Señora de Guadalupe, por entender la devoción con que acudían los cristianos a la Virgen de Extremadura, así como por defraudar las limosnas que solían darle. [22] Eso prueba que los conquistadores no levantaron en México templo alguno con aquel título. Y la falta de instrucción del P. Talavera exige que le borremos de la lista.

A Diego Muñoz Camargo, mestizo, lo pone el señor García Icazbalceta en el año 1576. Ya en ese tiempo escribía, ciertamente, su Historia de Tlaxcala, como indicó él mismo (pág. 203); [23] pero la siguió escribiendo después de 1589. La parte que de ella conocemos, termina con estas líneas: "El Marqués de Villa Manrique gobernó cuatro años, en su tiempo oyó muy grandes negocios, que de algunos dellos trataremos en suma." Sabemos bien que el citado marqués gobernó de octubre de 1585 a 1589. Se ignora si Muñoz Camargo terminó su labor como se proponía o si la dejó en lo antes copiado. Lo cierto es que ya entonces había concluido la suya fray Jerónimo de Mendieta, de quien aquél dice: "ha escrito lagramento de las cosas sucedidas acerca de la conversión de los naturales de esta tierra". (pág. 244). En otro lugar (pág. 268) recuerda por sus nombres algunos varones de santa vida; "aunque sé y entiendo" (agrega) que fray Hierónimo de Mendieta y otros religiosos han escrito largamento dellos".
Acabó Mendieta su Historia Eclesiástica Indiana en 1596. Con que todavia a fines de aquel siglo escribía Muñoz Camargo. No se propuso tratar de la conversión de los indios; y si es verdad que hizo un breve catálogo de los primeros obispos y de otros frailes y clérigos, que conoció, se abstuvo de referir sus vidas, reservándolo humildemente a plumas ajenas. He aquí sus propias palabras: "Ha habido tantos religiosos de todas órdenes tan buenos, tan santos y siervos de Dios, que como al principio dijimos, sería necesario hacer grandes historias de cada uno de ellos y de sus milagros, por lo cual me remito a los que han escrito sus vidas, que sé que son muchos en particular, y yo me hallo indigno de tratarlos; y aunque muchas cosas buenas suyas, de sus doctrinas, sermones y ejemplos (he visto), me hallo corto y no merecedor de tocar en ello, porque sería meterme en un piélago de mucha profundidad..." Esta cortedad de Muñoz Camargo, rayana en timidez al hacer, por respeto a los españoles, punto omiso de los combates de Cortés y Xicoténcatl en el camino de Tlaxcala, degeneró en algo peor, callando, no digamos la Aparición de Guadalupe, sino hasta la Imagen y el culto y el nombre, quizás por miramiento a ciertos religiosos, cuyas disensiones en esa y otras materias con el arzobispo Montúfar fueron públicas y escandalosas de sobra. Por consiguiente, Muñoz Camargo no merece estar en la lista de los impugnadores.

Fray Diego Valadés, morador y acaso guardián del convento franciscano de Tlaxcala, hizo imprimir en Perusa el año de 1579 su Rethorica Christiana ad concionandi et orandi usum accommodata, utriusque Facultatis exemplis suo loco insertis, quae quidem ex Indorum Historiis maxime deprompta sunt. Y según trató don Antonio de León y Gama, el P. Valadés "trató a los indios en aquellos tiempos inmediatos a su conquista, y tuvo inteligencia de su idioma, y de los caracteres con que se explicaban en lugar de nuestras letras, no solamente en tiempo de su gentilidad, sino aun después de cristianos, comparándolos con los jeroglíficos de los egipcios".[24] Así lo dió bien a entender el mismo P. Valadés, al acomodar los ejemplos sacados de las historias indias ad concionandi et orandi usum; de donde tomó ocasión para hacer la apología del carácter, racionalidad y cristiandad de los mexicanos. Con todo, es ocioso pedirle la relación del milagro guadalupano, que no entraba en el objeto de su libro.

Fray Diego Durán, dominicano, que acabó de escribir la parte ritual de su Historia de las Indias en 1579 y la histórica en 1581, como lo dice al final de cada una, trató solamente de las antigüedades. Encontramos una mención de Guadalupe en su capítulo XCVII, donde habla de los indios que de muy lejos y apartadas provincias venían a buscar las aguas salidas del volcán "y a ofrecellas ricas ofrendas y preciosas joyas y piedras y aunque en sus tierras las hubiese fuentes y manantiales ríos venían a las aguas en romería y a los cerros extraños y a las cuevas extrañas donde había ídolos, a cumplir sus votos y promesas y romerías, como nosotros cumplimos los de Santiago y de Guadalupe, Jerusalén, etc." ¿El Guadalupe de España o de México? Lo indiscutible es que fray Diego no quiso historiar la conquista y sucesos posteriores.
"Jamás fue mi intento ni voluntad, ni ahora lo es (dice en el capítulo LXXIIII) de escribir ni hacer nueva historia de la venida de los españoles a esta tierra, ni de sus hechos y hazañas... ni traer de nuevo a la memoria cómo el Marqués del Valle entró en el puerto y barrenó los navíos... porque ya todo esto está muy sabido y escrito por muchos autores". Si, a pesar de ello, con hechos subsiguientes a la toma de México llenó un capítulo de tres hojas (el LXXVIII), se quedó en el regreso de la expedición de las Hibueras, que fue en 1526. Y no hay por qué buscar en su obra noticias de 1531.

El P. Acosta (1590). Nacido en Medina del Campo (Castilla la Vieja), vistió la sotana de la Compañía de Jesús en 1553. De Ocaña pasó al Perú, donde permaneció diez y siete años. Su Historia natural y moral de las Indias, que se imprimió en Sevilla el año de 1590, consta de siete libros, los cuatro primeros escritos en el Perú y los tres restantes en España. Aprovechó para ello una Relación que Torquemada tuvo en su poder, escrita de mano; y copió a fray Diego Durán, cuyos tratados le dio el P. Juan de Tovar. Esto último fue aclarado por don José Fernando Ramírez, al publicar en 1867 el primer volumen de Durán, diciendo que cierto manuscrito que forma el núcleo de dicha obra, está copiado al pie de la letra o substituido con frases equivalentes por el P. José de Acosta, en la parte relativa a México. De donde resulta que la Historia de Acosta no es original en lo pertinente a nuestro país, al que conoció sólo de paso. Torquemada le hace tales rectificaciones, que le forzaron a decir: "Ignoró todo lo que en estos Libros escribo".[25]
Le disculpa, no obstante, en las siguientes líneas: "Aunque tiene el dicho Padre excusa, por no haberlo averiguado personalmente, sino creídose de otro, que lo avergiuó antes que llegase de el Pirú, de quien lo tomó, yendo de paso, y lo ingirió en el Libro dicho". [26] Beristain nos informa que, después de permanecer Acosta en el Perú, "estuvo también a lo menos en las islas de la América Septentrional". Entre nuestros escritores, por tanto, no tiene lugar; cuanto más que si trató, aunque de cosecha ajena, las antigüedades de estos naturales, no se propuso tocar sucesos ocurridos durante la dominación de España en nuestro país.

Fray Agustín Dávila Padilla, natural de México, hizo imprimir en Madrid el año de 156 su Historia de la Fundación y Discurso de la Provincia de Santiago de México de la Orden de Predicadores por las vidas de sus varones insignes y casos notables de Nueva España. Pensará cualquiera que entre estos casos debía contarse la Aparición Guadalupana. Sin embargo, no se halla. Ni podemos decir si es de las cosas importantes que se le pasaron de la memoria y que advirtió su discípulo y hermano de hábito fray Hernando de Ojea. Las cuales, por notables que hayan sido, parecerán insignificantes, junto a las omisiones que tiene en su biografía de don fray Alonso de Montúfar. [27] En sentir del autor, aunque la dignidad de aquel prelado (dominico) le sacó de la Provincia de Santo Domingo, "su mucha religión le pone en memoria de los que guardaron mucho en ella". Y tanto la justicia como el espíritu de cuerpo pedía al cronista que se extendiera en la relación de hechos y encomio de su ilustrísimo hermano, segundo arzobispo de México. Empero, las breves líneas que le consagra, distan mucho de historiar su pastoral ministerio. Se reducen a que corregía con piedad y castigaba con amor; que era muy limosnero y vigilante en remediar las necesidades de su rebaño; que amó con ternura a los indios, y muchas veces los bautizaba con su propia mano; que fue buen fraile y mostró afición a los religiosos de santo Domingo, a quienes dio varias casas entre indios, en especial de la comarca de Zumpango. Y no más; sin pormenores que sirvan para valorar tan buenas prendas y actos correspondientes al cargo episcopal. A poco de haber llegado el señor Montúfar a su arquidiócesis, llevó a cabo una obra material que le afamó, la iglesia de Guadalupe, y una obra pastoral que le engrandece, el primer Concilio Provincial; de la que no habló su biógrafo, porque, ligándose a la primera el contradicho de ciertos religiosos y a la segunda el de todas las órdenes regulares, no acertó a desatar una de otra cosa ni tuvo libertad para ello.
Buscar distinta explicación sería fantasear con su silencio, sobre todo en el punto guadalupano.

Tezozómoc (1598). En su librería tuvo Sigüenza la historia manuscrita de los mexicanos por don Hernando Alvarado Tezozómoc, hijo del emperador Cuitlahuatzin, sucesor de Moteuczoma; la que, por donación de su dueño, pasó al Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo, de los jesuitas. Boturini, su descubridor, dice que contiene 112 capítulos desde la gentilidad hasta la llegada de Cortés, que es la primera parte, y que falta la segunda. Don Mariano Veitia, que recogió los papeles de Boturini, sacó de ella una copia, y de ésta a su vez la suya fray Francisco García Figueroa, para la colección que en 1792 formó de real orden y que existe en el Archivo General de la Nación. Arreglada esta segunda copia, que se cotejó con una del señor García Icazbalceta, hizo el ilustre literato don José M. Vigil la edición de 1878, bajo el título de Crónica Mexicana escrita por D. Hernando Alvarado Tezozómoc hacia el año de MDXCVIII. Tiene 110 capítulos y no los 112 que dijo Boturini. El último deja a Cortés en Tlaxcala, de camino para México; concluyendo con que, así que Moteuczuma lo supo, "hizo llamamiento de todos los principales de sus comarcas para hacer acuerdo y cabildo, como adelante se dirá en otro cuaderno".
El cual, anunciado también en el capítulo LXXVII, ha sido en vano buscado por los modernos escritores. Es la segunda parte que dijo Boturini faltaba y cuyo paradero aun se ignora; mas de fijo podemos asegurar que existe y dar su contenido en resumen, como tuvimos la fortuna de hallarlo en la sabia Descripción histórica y cronológica de las dos piedras por don Antonio de León y Gama. Este célebre anticuario disfrutó en náhuatl completa la Crónica de Tezozómoc. Después de citarle en el número 7 de la Descripción, transcribió en una nota tres líneas en idioma mexicano, cuya correspondencia, aunque no literal, es fácil ver en el capítulo I de la parte que poseemos. Apuntó además, en el número 51 de la misma Descripción, los años y sucesos que abraza la segunda parte de la Crónica, enlazada ajustadamente al capítulo final de la primera. Y con ocasión de la mudez de los cronistas indios sobre el mes y día en que acabó el imperio mexicano, dice León y Gama: "Aun más silencio guardó D. Hernando Tezozómoc, pues habiendo hecho relación de todo lo acontecido en el año Cé Acatl, en que entraron los españoles; de los sucesos del año Ome Tecpatl, en que murió Motheuzoma; de los hijos que dejó y de todo lo demás que acaeció hasta la elección de Cuitlahuatzin (que dice haber sido el día 1 del mes Ochpaniztli, que se contaba 8 Ehecatl, correspondiente a nuestro septiembre); el tiempo que reinó, y su muerte de viruelas, al fin del mes Quecholli; el ingreso al gobierno del último rey Quauhtemotzin, en el mes Itzcalli; y otros acontecimientos, que señala con las citas de sus meses, calla de propósito la toma de México, y los sucesos posteriores hasta el año 7 Calli, 1525, en que prosigue la narración de su crónica, concluyéndola en el año 9 Acatl, correspondiente al nuestro 1579". Todo eso cabalmente nos falta conocer, para indagar si el noble escritor indio calló de veras y por qué la Aparición Guadalupana.

Ixtlilxóchitl (don Fernando de Alba), descendiente del último rey de Texcoco y del matrimonio de éste con doña Beatriz Papantzin, hija de Cuitláhuac, penúltimo rey de México, no fue mudo. Comenzadas sus obras en 1600, según Boturini, estaban casi concluidas en 1608, cuando a las memorias históricas dieron su aprobación los concejales de Quatlacinco, así como los de Otumba y otros pueblos. Las heredó todas Sigüenza, quien a su vez las legó al colegio de San Pedro y San Pablo, de los jesuitas, donde las leyó Clavijero. Antes las había visto Gemelli Carreri en poder de Sigüenza, al que también pertenecieron unos fragmentos históricos que copió Boturini, por los cuales (dice) "descubrí otro Manuscrito de la misma Historia de Guadalupe en lengua castellana, su Autor Don Fernando de Alba Ixtlilxóchitl, cuya letra conozco, el que ando buscando con las mayores diligencias".[28] Beristáin, por su parte, entre los escritos de Ixtlilxóchitl enumera en noveno lugar una "Relación de nuestra Señora de Guadalupe, en mexicano". Son, pues, dos sus obras guadalupanas, una en español y otra en náhuatl; de ambas, salvando la diferencia de títulos, habló Sigüenza en su declaración jurada, aludiendo a la historia primitiva: "El original en mexicano está de letra de D. Antonio Valeriano, indio, que es su verdadero autor, y al fin, añadidos, algunos milagros de letra de D. Fernando, también en mexicano. Lo que presté al Rmo. P. Francisco de Florencia, fue una traducción parafrástica que de uno y otra hizo D. Fernando, y también está de su letra". [29]
La Relación de los milagros, en mexicano, corre en el libro impreso por el Bachiller Luis Lasso de la Vega; y la traducción castellana así de dicha Relación como de la original de Valeriano sirvió al P. Florencia para escribir su Estrella del Norte de México. De manera que Ixtlilxóchitl no debe estar entre los escritores mudos, de que formó lista el señor García Icazbalceta.

A Grijalva por equivocación le puso el año de 1611. Ponderando fray Juan Robledo la facilidad con que aquel docto agustino escribió su libro, dice que, "habiéndole entregado los papeles por Noviembre del año de 21, le trujo acabado por el año de 23". Y al tiempo que el autor ejercitaba la pluma, encendía la devoción guadalupana el arzobispo don Juan Pérez de la Serna, quien "bendijo y dedicó la segunda capilla de N.S. de Guadalupe por el mes de Noviembre del año de 1622 y colocó a la Soberana Imagen en su Tabernáculo de plata". La solemnidad fue suntuosa y de ella, cuando menos, hubiera Grijalva dado noticia, si hubiera entrado en el plan y desarrollo de su obra. Mas no cupo allí, como el título indica: Crónica de la orden de N.P.S. Augustín en las prouincias de la nueua españa en quatro edades desde el año 1533 hasta el de 1592 por el P.M.F. Ioan de Grijalua. Ajenos a su intento, los sucesos de 1531, tampoco quedaban dentro de las cuatro edades, que se cuentan de este modo: "Edad primera en que estuvo sujeta esta provincia a la de Castilla por espacio de diez años.- Edad segunda en que la provincia levantó cabeza, y se gobernó por sí misma.- Edad tercera en que la provincia se dilató por las islas del Poniente y otras partes.- Edad cuarta en que la provincia empezó a tener trabajos". [30] Donde se ve que nada de la Crónica de Grijalva prometió o hace buscar la historia de la Aparición Guadalupana.

Vengamos ahora a Sahagún. Su pasaje del culto gentílico a Tonantzin, Toci y Telpochtli en los montes adonde acudían en crecido número los indios, fue substancialmente reproducido por Torquemada, dándolo como suyo propio y noticiando que, para extirpar allí la idolatría, levantaron los primeros misioneros las iglesias de la Virgen María Señora nuestra, de Santa Ana y de San Juan Bautista, donde había grandes ofrendas y concurso; y que "estas son las fiestas y esta la intención de haberlas instituído y con la que de presente las celebran, aunque no todos lo saben". [31] Según está el mismo pasaje en el códice de la Biblioteca Nacional, o sea, en la Introducción de la Arte Adivinatoria, lo copió fray Martín de León para su Camino del Cielo, de donde parece seguro lo tomó Serna para su Manual de Ministros de Indios. En dicho pasaje da Sahagún noticia del culto idolátrico de la antigua Tonantzin, substituído en Tepeyácac por el cristiano de la Madre de Dios, a quien los indios llamaban también Tonantzin, "tomando ocasión de los predicadores". Para el cronista, conservaba el nombre su primer significado, y por eso juzgaba sospechosa la devoción de los que venían "de lejas tierras a esta Tonantzin como antiguamente, cosa que se debería remediar". Fray Martín de León repitió que "muchos dellos lo entienden por lo antiguo y no por lo moderno de agora". Y Serna, por último, escribió que "cuando van a la fiesta de la Virgen Santísima, o a entrambas intenciones, pensando que una y otra se puede hacer".
A ninguno de estos autores se le ocurrió proponer la supresión del culto Mariano en aquel sitio o que se prohibiera la concurrencia de los indios. Lo más que dijo Sahagún fue: "no es mi parecer que les impidan la venida ni la ofrenda; pero sí lo es que los desengañen del error que padecen, dándoles a entender que aquellos días que allí vienen es la falsedad antigua y que no es aquello conforme a lo antiguo. Esto deberían hacer predicadores bien entendidos en la lengua y costumbres que ellos tenían y también en la escritura divina". Del mismo parecer han sido, son y serán cuantos profesan la fe de Cristo.
Pero se arguye que "supuesta la realidad de la Aparición, ninguna extrañeza podía causar al P. Sahagún que los indios prefiriesen el lugar en que uno de los suyos había sido tan singularmente favorecido por la Santísima Virgen". Se responde que no era extrañeza la suya, sino recelo de que muchos naturales, los maliciosos, disimularan su antigua idolatría con las nuevas prácticas cristianas.
Extrañeza la nuestra, de ver cómo por causa de los indios maliciosos se olvida de quienes no lo eran, a todo el pueblo de indios y no indios que, "supuesta la realidad de la Aparición", acudía en masa a Tepeyácac, de preferencia a otros lugares.
Llegado de España en 1529, estaba Sahagún en Tlalmanalco entre los años de 1530 y 1533. [32] No presenció la Aparición de Guadalupe: hubiera dado testimonio de ella. Pero no pudo ignorarla. En los tres escrutinios que desde 1558 hizo de su Historia, contó con la ayuda de cuatro latinos, "a los cuales (dice) yo pocos años antes había enseñado la gramática en el colegio de santa Cruz en el Tlatelolco" y "el general y más sabio fue Antonio Valeriano, natural de Atzcapotzalco". Ahora bien, este Valeriano escribió en náhuatl la primera relación que se conoce de la aparición de la Santísima Virgen a Juan Diego; y sería de todo punto inverosímil que no la hubiese comunicado a su maestro. El cual, sin embargo, no le dio crédito y estampó en su Historia, pasando por reticente, no por mudo. "De donde haya nacido esta fundación de esta Tonantzin, no se sabe de cierto". Esta reticencia, que puede explicarse por el mismo recato de Mendieta, no niega la verdad de la aparición.

No la niega en su informe de 1575 el virrey Enríquez, que, como acertadamente dice el señor García Icazbalceta, contando con tantos medios de información y haber de dar cuenta al rey, "no alcanzó a saber el origen de la ermita". Tampoco lo alcanzaron otros escritores o guardaron silencio, pero no niegan la Aparición, en las obras de que sigue hablando la Carta, y a cuyo estudio ya renunciaríamos, si no fuera porque conviene apurar la materia del argumento negativo.

Hay una relación del viaje de fray Alonso Ponce, Comisario Franciscano, en la cual se cuenta que, "habiendo salido de México el 23 de Julio de 1585, y pasando un pedazo de la laguna de Méjico (de quien adelante se tratará), por una calzada de piedra de media legua, en que se pasan muchas acequias por puentes de madera, pasó últimamente una muy grande, por un puente de piedra, junto a la cual está un poblecito de indios mejicanos y en él, arrimada a un cerro, una ermita e iglesia, llamada Nuestra Señora de Guadalupe, adonde van a celebrar y tener novenas los españoles de Méjico, y reside un clérigo que les dize misa. En aquel pueblo tenían los indios antiguamente en su gentilidad un ídolo llamado Ixpuchtli, que quiere decir virgen o doncella, y acudían allí como a santuario de toda aquella tierra con sus dones y ofrendas. Pasó allí de largo el P. Comisario". Disculpa el señor García Icazbalceta al relator "como nuevo en la tierra", de que equivocara el nombre del ídolo; y fija su atención en que, si la tradición existía, ninguno de la comitiva hubiera avisado al Comisario que en aquella ermita se guardaba una imagen milagrosamente pintada, para que entrara a verla y venerarla, en vez de pasarse de largo. La causa fue que, según dice el texto, pasó el P. Comisario "algo de mañana". Y marchaba muy desazonado. No le había consentido el provincial que visitase la provincia; y el Capítulo celebrado en 29 de junio anterior confirmó, a no dudarlo, la resistencia del provincial, por la que dieron con el P. Ponce en la cárcel, mediante el apoyo del virrey marqués de Villamanrique, y todavía más de la virreina doña Blanca de Velasco. [33] Se comprende que el Comisario pasara de largo. La narración del viaje fue "escrita por dos religiosos, sus compañeros, el uno de los cuales le acompañó a España desde México, y el otro en todos los demás caminos que hizo y trabajos que pasó". [34] Si a este otro, que suponemos era su comitiva al llegar a Guadalupe, le disculpan, "como nuevo en la tierra" de que equivocase el nombre del ídolo, merece igual disculpa por no haber dado aviso de la Imagen.

Antiguo en la tierra, Bernal Díaz del Castillo; y sin embargo, no refirió la Aparición, como tampoco lo hizo fray Luis de Cisneros, que escribió a principios del siglo decimoséptimo. Se citan sobre el particular las obras de entrambos, porque, hablando de la santa Imagen y de los milagros que ha hecho y hace, se remontaron a los años próximos a la conquista, "casi desde que se ganó la tierra;" con que se prueba la antigüedad del culto, que tocante al origen de la tradición es dato principalísimo. En eso concuerdan con las relaciones o pruebas directas del prodigio y rebaten de sobra a quienes se prevalen del conocido imforme de don Martín Enríquez, para fijar el principio de la historia en el año de 1555 ó 56 que aquel documento pone. Pero como Bernal Díaz del Castillo y Cisneros no trataron especialmente de la devoción guadalupana, no estaban obligados a narrar la aparición de Nuestra Señora.

Sí parecía estarlo el agustino fray Juan de Zepeda. Predicó el año de 1622 en la ermita de Guadalupe un sermón que se dió a la estampa y en que el señor García Icazbalceta notó dos cosas: "la una, que el predicador dice en la dedicatoria, que la Natividad (8 de septiembre) es la vocación de la ermita, y la otra, que no habla palabra de la Aparición. Confírmase lo primero con el acta del Cabildo Eclesiástico de 29 de Agosto de 1600. Ese día se dispuso que el domingo 10 de Septiembre se celebrara la fiesta de la Natividad de Ntra. Sra. en la Ermita de Guadalupe por ser su advocación, y en seguida se pusiera la primera piedra para dar principio a la nueva iglesia. De donde claramente se deduce que para entonces todavía no le había ocurrido a nadie que la imagen fuera pintada en la tilma de Juan Diego; y que la fiesta titular era la del 8 de Septiembre en que se celebran las de todas las imágenes que no tienen día señalado para su título particular: de suerte que noventa años después del supuesto aparecimiento no se pensaba todavía en celebrar el 12 de Diciembre".

Creyendo probada su tesis con el silencio no bien dilucidado de los autores y demás personajes que cita, la coronó con este argumento: según documentos de 1600 y 1622, la vocación o advocación de la ermita era de la Natividad de Nuestra Señora; "de donde claramente se deduce que para entonces todavía no le había ocurrido a nadie que la imagen fuera pintada en la tilma de Juan Diego". La deducción no se sostiene, ni aun arrimándole el que la fiesta se hiciera, ya el 8, ya el 10 de Septiembre, a causa de que la Imagen no tenía día señalado para su título particular, y aun no se había pensado en celebrar el 12 de diciembre. Esta circunstancia y la vocación o advocación de la ermita son materia litúrgica, con la que el suceso conmemorado no guarda relación de causa. Nuestra Señora de Loreto se celebraba el 8 de Septiembre; hasta después de siglos le fue señalado el 10 de diciembre. Nuestra Señora del Pilar, de Zaragoza, también era celebrada el 8 de septiembre; y muchos años pasaron antes de que se le concedieran Misa y Oficio para el 12 de octubre. [35].
De estas imágenes milagrosas como la de Guadalupe, mientras no les asignó la Sede Apostólica el día particular de su título, la vocación o advocación litúrgica fue la que se llama del común, y es de la Natividad de Nuestra Señora.
Por eso, cuando en 1737 se solemnizó el Patronato de Santa María de Guadalupe, el arzobispo de México no determinó que se rezara Oficio del milagro o Aparición, sino Oficio del común solamente, de la Natividad de María Santísima, "que con la leve mutación de Nativitas en Festivitas nos dicen los autores debe darse a sus advocaciones", según advirtió el escritor coetáneo don Cayetano Cabrera Quintero. [36] Su festividad en 1556, cual refiere la información del señor Montúfar, fue el 8 de septiembre, día de la Natividad. [37] en 1566 se celebró el domingo 15 de septiembre, octava de la Natividad, según el MS. de Juan Bautista. Y el Cabildo Eclesiástico en 1600, conforme al acta citada, dispuso que dicha fiesta se hiciera el domingo 10 de septiembre, infraoctava de la Natividad. Lo cual en manera alguna contradice la Aparición.

Predicó fray Juan de Zepeda por diez años sucesivos "en la festividad del Nacimiento de la sacratísima Virgen, vocación de la ermita de Guadalupe", como expresó él mismo en la dedicatoria de su sermón de 1622. No sabemos lo que diría en los anteriores; pero en éste trató de "las prerrogativas, grandezas y excelencias con que la divina voluntad de Dios nuestro Señor adornó y enriqueció a la Sacratísima Virgen María S. N."; [38] y al no hablar de la Aparición y ni siquiera de la Imagen de Guadalupe y de su protección milagrosa, ya es inútil decir que aquella festividad no fué la de Nuestra Señora de Guadalupe. Se reservó en ese año para noviembre, mes en que el arzobispo don Juan Pérez de la Serna, como se lee al pie de su retrato en la galería de la catedral metropolitana, bendijo y dedicó la segunda capilla de Guadalupe. Según declaró fray Antonio de Mendoza posteriormente "se tuvo a su Divina Majestad ocho días en una ramada, que se hizo primero para ver y experimentar más bien su voluntad y en lo que fuese más bien servida que se hiciese, y viendo no se experimentaba novedad en esta Santísima Señora, se llevó y colocó en la segunda iglesia y santuario"[39].
Con que si al P. Zepeda no cupo o no plugó hacer los loores guadalupanos en 1622, en su lugar los hizo aquel Ilustrísimo, cuya devoción a la Santa Imagen es justamente encarecida por el historiador Florencia. El que, refiriéndose al año de 1643, habla de dos fiestas principales, una de que los españoles celebraban el día de la Natividad (cap. XXI), con el agregado de lidia de toros en la plazuela de la hospedería del Santuario; y otra que los naturales hacían "a la Aparición de esta admirable imagen" (cap. XXX), ofreciendo para ella abundantes limosnas, y acompañándola con mitotes, en que representaban la guerra de mexicanos y chichimecas y la de españoles y mexicanos; siendo esa la ocasión, añadiremos, en que Becerra Tanco oyó el cantar con que en su lengua recordaban las apariciones de Guadalupe. Cuándo empezó a solemnizarse el 12 de Diciembre, lo ignoramos. Sabemos sí que el señor arzobispo Vizarrón en su edicto del Patronato, [40] a 24 de mayo de 1737 expuso lo siguiente: "se nos hizo relación, diciendo cómo el mencionado Ayuntamiento había elegido por Patrona Principal de esta ciudad a la Soberana Reina de los ángeles, en su admirable Imagen de la milagrosa advocación de Guadalupe, con el deseo de que este Patronato se extendiese a todo el reino, y asimismo que el día doce de diciembre de cada un año, enq ue se celebra su prodigiosa aparición, se le hiciese fiesta con toda solemnidad..."

En todo caso, el año de 1622 había quienes supieran que la Imagen está pintada en la tilma de Juan Diego. Andaba entonces en los veinte de su edad e lcitado P. Mendoza, agustiniano como fray Juan de Zepeda; y no sólo con relación a ese año sino a tiempo anterior, "desde que tuvo uso de razón, por haber nacido en esta ciudad de México, y por haberlo oído a sus padres y abuelos, personas muy antiguas, como fue el señor su abuelo Lic. Antonio Maldonado, Presidente que fue de la Real Chancillería de esta ciudad, y a su padre y señor D. Alonso de Mendoza, capitán de la guarda que fue del señor conde de Coruña, virrey que fué de esta Nueva España, que pasó de esta presente vida de noventa años", declaró saber "cómo a los doce del mes de diciembre del año pasado de mil quinientos treinta y uno, siendo prelado de este arzobispado el Ilustrísimo señor don fray Juan de Zumárraga, de la Orden Seráfica de nuestro padre san Francisco, de buena memoria, habiendo llegado a su casa y palacio arzobispal Juan Diego indio, natural y vecino que en aquella ocasión era del pueblo de Cuauhtitlan, y que había pedido avisasen a su Señoría Ilustrísima, que quería verle de parte de la Señora, de quien en otras ocasiones le había traído otros recados, y que habiendo entrado dicho Juan diego a la presencia de su Señoría, le había dicho que la Señora le había mandado dijese a su Ilustrísima, que para que se diese crédito a dichos recados, tomase aquellas flores, que traía envueltas en la tilma que tenía puesta, y que, al descogerla, queriéndola reconocer, había hallado y visto dicho señor arzobispo la Sacratísima Imagen de nuestra Señora de Guadalupe estampada en la dicha tilma..." [41]
Y lo que dijo fray Antonio de Mendoza, de 66 años, a 27 de febrero de 1666, uniformemente repitieron otros doce caracterizados testigos.

Que en los tres Concilios Mexicanos y en las actas de los Cabildos Eclesiástico y Secular, anteriores al libro de Miguel Sánchez, nada se habla de la Aparición, es cierto. No era allí forzoso. Nada habló tampoco en sus Actas el Concilio Plenario de América Latina (1899), y eso que la tradición guadalupana con todos sus pormenores estaba ya autorizada en el Breviario por la Santidad de León XIII. Bien es que en las aclamaciones con que terminó el Sínodo, se aludió claramente al prodigio: "Inmaculada Madre nuestra.... Tú arrebataste nuestro corazón y los corazones de nuestros pueblos, tú afianzaste, amplificaste y confirmaste las primicias de nuestra fe con tu benigna presencia y suavísima protección, en Guadalupe y en otros monumentos de tu amor maternal, por todos nuestros países, tu primitias fidei nostrae benignissima praesentia tua, suavissima protectione tua in Guadalupano aliisque pietatis tuae monumentis per universas regiones nostras obsfirmasti, amplificasti et confirmasti". No invocaron los Padres a Nuestra Señora de Guadalupe como aparecida a Juan Diego: cosa digna de notar, porque a toda alusión que no tenga precisamente esos términos, le niegan valor los impugnadores. No los contienen las actas del Cabildo Eclesiástico de México; pero, habiendo sido casi todos los capitulares de aquel tiempo familiares del señor Zumárraga, en sentir de Cabrera Quintero, de ahí nació "que constando a algunos, y de éstos a los otros, los portentos y verdad de la Aparición, se esmerasen en venerar y fomentar lo que les constaba milagroso, cuidando y celando sus aumentos, ya en Sede vacante, ya plena. De que nos certificaron no pocos instrumentos que se guardan en el archivo de Cabildo de esta Iglesia. Y consta también en sus libros..." [42] donde está el acta mencionada de 1600.

En las suyas ni siquiera mencionó el Cabildo Secular, se dice, las solemnes traslaciones de la Imagen, siendo así que refieren hasta los más insignificantes regocijos públicos. Pero un capitular, al menos, cuadno se trataba de cambiar el asiento de la ciudad de México, mencionó la traslación de la santa Imagen, con motivo de la inundación de 1629; y si ese acontecimiento no es conocido por las actas, será porque los libros de 1631 a 1634 y otros muchos del mismos siglo "fueron consumidos de las llamas en el incendio que la plebe amotinada causó en 1692" [43].

La noticia es del P. Andrés Cavo, que en sus Tres Siglos México, al llegar al año de 1531, calló el suceso de la Aparición y pasó adelante; pero fue porque, según anunció en su Prólogo, no se propuso hablar de la historia eclesiástica "sino en los puntos que tienen conexión con lo civil". Por eso no trató de la célebre contienda de los jesuitas con el señor obispo Palafox. Y omitió el milagro de Guadalupe, no por desamor a Nuestra Señora, de quien, cuando la juraron Patrona, dice que "luego se comenzó a experimentar la protección de tan gran madre". Ni porque no creyera en él; pues hablando también del Patronato, refiere que el P. Juan Francisco López solicitó en ambas cortes el de la milagrosa imagen de María Santísima de Guadalupe, y que con este motivo se hicieron fiestas nunca vistas, en que los mexicanos "mostraron la gran devoción que tenían a aquella santa imagen"; alusiones cuyo sentido aclaró inequívocamente, al citar en otra parte "las informaciones que trae el padre Florencia del milagro de la aparición de la santísima Virgen de Guadalupe" [44].

Finalmente, opone el señor García Icazbalceta, como ejemplos de mapas y pinturas indias en que nada hay de lo que se busca, los códices Telleriano-Remense y Vaticano y los anales de Mr. Aubin, que alcanzaron a 1607; reservando para después el decir algo de las pinturas que los apologistas alegan. Con todo lo cual creyó haber demostrado que es completo el silencio de los documentos antes de la publicación del libro del P. Sánchez, no sin notar que en los noventa años transcurridos desde 1794 se han descubierto innumerables e importantísimos documentos, ninguno de los cuales ha hablado, antes han acrecido con su silencio el grave peso de la argumentación de Muñoz.
A nuestra vez reservamos hablar de los documentos alegados por los apologistas y de los nuevamente descubiertos; que no en vano ha corrido el tiempo, como se asevera, para confirmar con escritos la tradición guadalupana.
Pero a la altura a que hemos llegado será bien recordar que la fuerza del argumento negativo, cual expuso el señor García Icazbalceta en el número 10 de su Carta, principalmente consiste en que el silencio sea universal, y que los autores alegados hayan escrito de asuntos que pedían la mención del suceso que callaron. De los hasta aquí enumerados solo Mendieta y Torquemada debieron mencionar el acontecimiento. A Sahagún asimismo le tocaba hacerlo, pero fue reticente, no mudo. Y sin trabajo se descubre que si estos tres historiadores pretermitieron la narración del milagro, fué por no juzgar a fray Francisco de Bustamante, su prelado, quien, como vamos a ver, lo impugnó escandalosamente sin pruebas.

En todos los demás el silencio es muy explicable por causas que no implican la negación del prodigio. Esto, por supuesto, no reza con don Fernando de Alba Ixtlilxóchitl, autor de una relación y traductor de otra, que dan testimonio de las apariciones guadalupanas. Con sólo él se probaría que el silencio no fue universal y basta para oponerlo a un impugnador como fray Francisco de Bustamante. Aunque no hubiera más documentos, que sí hay, conocidos unos en tiempo de Muñoz y del señor García Icazbalceta y otros posteriormente descubiertos; ya no hay argumento negativo que valga.
La cuestión, a lo sumo, quedaría reducida al examen comparativo del escrito y circunstancias de aquel historiador e impugnación de este religioso, haciendo para siempre a un lado a los que pudieron escribir sobre el asunto y no lo hicieron, como a los que, debiendo hablar, callaron. Quítense de delante los testigos mudos. Los testimonios positivos hacen fe.



Referencias (todas originales del Lic. Velázquez)


[1] Don Fray Juan de Zumárraga, México, 1881, pág. 352


[2] Informaciones sobre la milagrosa aparición de la Santísima Virgen de Guadalupe recibidas en 1666 y 1723. Publícalas el Pbro. Br. Fortino Hipólito Vera - Amecameca, 1889, pág. 69.


[3] Don Fray Juan de Zumárraga. pág. 5.


[4] Ibidem. pág. 242.


[5] Ibidem. pág. 289.


[6] Ibidem.


[7] Apud Colección de documentos para la Historia de México, por don Joaquín García Icazbalceta, México, 1858, I-145


[8] PBRO. BR. FORTINO HIPÓLITO VERA, La Milagrosa Aparición de Nuestra Señora de Guadalupe comprobada por una información levantada en el siglo XVI Amecameca, 1890, Declaración de Gonzalo de Alarcón, pág. 47


[9] Documentos inéditos del archivo de Indias tomo XIII, páginas 206 a 224.


[10] JOAQUÍN GARCÍA ICAZBALCETA, Bibliografía Mexicana del Siglo XVI, México, 1886, pàg. 44.


[11] Historia Eclesiástica Indiana, edición de don Joaquín García Icazbalceta, México, 1870, pàg. 453.


[12] Don Fray Juan de Zumárraga, por don Joaquín García Icazbalceta, nota 3 a la pág. 34.


[13] Bibliografía Mexicana del Siglo XVI, nota a la pág. 164.


[14] Cita del Tesoro Guadalupano del Sr. Vera, Amecameca, 1887, pág. 357.


[15] Concilios Provinciales primero y segundo Carta-introducción, página B.


[16] Don Fray Juan de Zumárraga, pág. 5 y nota 3 a la pág. 139.


[17] Id., pág. 4.


[18] Bibliografía Mexicana del Siglo XVI, pág. 151


[19] Se halla la noticia en el Tesoro Guadalupano del Sr. Vera, pág. 289


[20] MENDIETA, Historia Eclesiástica Indiana, Noticias del autor y de la obra por don Joaquín García Icazbalceta, pág. XXIX


[21] VERA, Contestación histórico-crítica en defensa de la maravillosa aparición de la Sma. Virgen de Guadalupe, Querétaro, 1892, pág. 97.


[22] CUEVAS. Historia de la Iglesia en México, Tlalpan, D.F., II-493.


[23] Me refiero a la edición de don Alfredo Chavero, México, 1892.


[24] Descripción de las dos piedras halladas el año de 1790 en la plaza de México, México, 1832, núm. 118.


[25] Monarquía Indiana, Madrid, 1723, tomo I, págs. 140, 149, 172, 180, 184 y 295; tomo II, págs. 120 y 217.


[26] Mon. Ind., II-120.


[27] Puede verse en el Tesoro Guadalupano, pág. 194.


[28] Idea de una nueva Historia General de la América Septentrional, Madrid, 1746, Catálogo XXXV, núm. 6.


[29] Piedad Heroica de D. Fernando Cortés, México, 1898, número 114.


[30] Véase el Tesoro Guadalupano, pág. 293.


[31] Monarquía Indiana, lib. 10, cap. 7.


[32] Bibliografía Mexicana del Siglo XVI, pág. 255.


[33] Id., pág. 259.


[34] Véase el Tesoro Guadalupano, pág. 66.


[35] Véase la obra del Sr. Vera titulada Contestación histórico-crítica en defensa de la maravillosa aparición de la Sma. Virgen de Guadalupe, pág. 219.


[36] Escudo de Armas de México, núm. 579.


[37] VERA, La Milagrosa Aparición de Nuestra Señora de Guadalupe comprobada por una información levantada en el siglo XVI, pág. 35.


[38] ANDRADE. Ensayo Bibliográfico Mexicano del Siglo XVII, México, 1899, pág. 108.


[39] VERA. Informaciones de 1666 y 1723, pág. 87.


[40] Inserto en el Escudo de Armas de México, núm. 940.


[41] VERA. Informaciones de 1666 y 1723, pág. 85.


[42] Escudo de Armas de México, núm. 707.


[43] CAVO. Tres Siglos de México, lib. VII, núm. 2.


[44] Id. Véanse las relaciones correspondientes a los años de 1666, 1737 y 1756.




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Bibliografía:



VELÁZQUEZ Primo Feliciano, La Aparición de Santa María de Guadalupe, Edit. JUS, edición facsimilar de la primera edición de 1931, 1981