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Investigación Documental sobre la Virgen de Guadalupe

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La Prueba Directa de la Tradición



Capítulo XVIII del libro La Aparición de Santa María de Guadalupe, del estudioso nahuatlato D. Primo Feliciano Velázquez (autor de una de las más difundidas traducciones del Nican Mopohua), Editorial JUS, edición facsimilar de la primera edición de 1931, 1981







Las palabras de Joaquín García Icazbalceta se resaltarán con cursivas rojas, y los textos de otros autores o documentos citados por Velázquez irán en cursivas azules. Demás resaltes por Jesús Hernandez.





CAPÍTULO XVIII
LA PRUEBA DIRECTA DE LA TRADICION

Las informaciones de 1666 y 1723.- Su comparación con la del señor Montúfar.- A documentos mudos, veintiséis expresivos.- La aseveración del P. Bustamante y un decreto del Concilio I Mexicano.- Contradicción de los pintores de Bartolache a Miguel Cabrera y compañeros.- Falsa conjetura acerca del origen de la ermita.- La relación de Valeriano no es pieza dramática.- El testamento de Juana Martín.- Por qué, según el señor García Icazbalceta, se fijó al suceso de la Aparición el 12 de diciembre.


Si faltaran documentos, bastarían las informaciones que tenemos, para comprobar la tradición del milagro guadalupano. Cabalmente por medio de testigos se acredita la fama pública de sucesos remotos. De 1531 a principios de 1666 corrieron 134 años.
Indios octogenarios o más que centenarios, que alcanzaron a padres y abuelos, igualmente longevos, declararon lo que oyeron a sus progenitores. Fué público el acontecimiento, que afamó a Juan Diego en su pueblo, donde todos le conocían y donde él no pudo menos de contarlo, aparte de que se pregonó y celebró jubilosamente. Allí abundaban los testigos, y levantar la información fué por extremo fácil. A la cual no dió motivo la publicación del libro de Miguel Sánchez, sino el anuncio de que la Curia Romana iba a pedir la testificación del milagro, para proveer a la petición de día festivo. Los testigos de la información del señor Montúfar, que se redujeron al sermón del P. Bustamante, cuyos términos se trataba de fijar, nada dijeron de la Aparición, pero tampoco nada contrario a las declaraciones posteriores de los indios de Cuauhtitlán, las cuales versaron sobre lo que tradicionalmente supieron.

¿De qué otra manera podía comprobarse lo que en particular concernía a los indios? Otros que no lo fueron, trece entre sacerdotes y caballeros seglares, todos sujetos de lustre, atestiguaron también, unánimes y concordes, como recibida de sus padres y abuelos y otras personas antiguas, de todos estados, puestos y calidades, la noticia de la aparición de la santa Imagen en la tilma de Juan Diego. Dos más hicieron lo mismo, en el primer tercio del siglo XVIII; siendo uno de ellos el V. fray Antonio Margil de Jesús. Con los cuales se contaron veintitrés testigos intachables.

De la información de 1666 supo el señor García Icazbalceta, por el breve extracto del P. Francisco de Florencia, quien no cita más que seis declaraciones de los testigos indios, siendo ocho, y de los no indios trece, pero en dos únicamente los nombres. De haberla leído aquél en las testimoniales que guardaba la Colegiata, no habría escrito que apenas publicado el libro de Sánchez, "aparecen por todas partes testigos calificados que unánimes y bajo juramento declaran saber de mucho tiempo atrás lo que hasta entonces nadie, ni ellos, habían sabido". En indios analfabetos, ¿Qué influencia pudo ejercer el citado libro?
Es dado relacionar con él las declaraciones, por el asunto; pero las distinguen su contexto y circunstancias. Para desecharlas, habría que demostrar que los testigos no pudieron haber oído lo que refieren; y para desvirtuar la confirmación que de ellas hacen quince personas prominentes, indispensable sería probar que éstas son indignas de fe.

Impotente para una y otra cosa, cae en confusión el impugnador. "No me haría fuerza el caso (confiesa) si solamente se tratara de los testigos indios, porque siempre han sido propensos a las narraciones maravillosas, y no muy acreditados por su veracidad; pero cuando veo que sacerdotes graves y caballeros ilustres afirman la misma falsedad, no puedo menos de confundirme, considerando hasta dónde puede llegar el contagio moral y el extravío del sentimiento religioso". Sin embargo, le faltó decir quién contagió a quién. Lo declarado por los indios en Cuauhtitlán del 7 al 22 de enero quedó ignorado de los no indios, que atestiguaron en México del 18 de febrero al 11 de marzo del mismo año de 1666; y mas aun de los que rindieron su declaración en 5 de mayo y 16 de junio de 1723, cuando el expediente de las anteriores informaciones se había perdido. Los indios contaron el suceso, en su lengua, como lo sabían de sus padres y abuelos y otras personas de su pueblo, dando nombres y señales particulares. Sus pormernores no fueron ni podían ser repetidos por los no indios, quienes limitaron su narración a la esencia, tal como les llegó por sus deudos y otras personas antiguas, que hasta la existencia de los cuahtitlanenses ignoraron. No fue posible contagio de unos a otros testigos; ni se adivina cómo en sacerdotes graves, prelados de conventos, se haya extraviado el sentimiento religioso. El contraste choca. Sube el P. Bustamante a un púlpito y en arrebato de cólera, que se toma como muestra de encendido celo, clama contra la devocion que califica de idolátrica, siendo ortodoxa, por quitarla a los indios, a pesar de que no sólo ellos la profesaban, sino el pueblo entero. En aquel predicador no se tuvo eso por extravío del sentimiento religioso; ¡y a sacerdotes graves, que, bajo juramente, y algunos después de celebrar a propósito el Santo Sacrificio de la Misa, atestiguan el origen de la devoción, se les echa en cara su testimonio como señal de extravío y de contagio moral!

No osando culparlos de perjurio, aunque "afirmaban bajo juramente lo que no era verdad", se recurre por explicación al fenómeno, que se dice bastante común en los ancianos, de que a persuadirse llegan de ser cierto lo que han imaginado. En manera que por negar un milagro, se inventa otro: que trece testigos, no todos ancianos, pues uno apenas pasaba de 55 años, imaginaron el mismo suceso y del mismo modo. Los imaginantes, en todo caso, serían las personas que tal les contaron, a cada uno en lugar y tiempo distinto que a los demás.

"Se juzgará sin duda (tuvo que manifestar el señor García Icazbalceta) absurdo y atrevido desechar así un instrumento jurídico; pero el hecho es que la demostración histórica no admite réplica, y que las afirmaciones de unos veinte testigos de oídas, por calificadas que sean, no pesan más que la terrible información de 1556 y el mudo pero unánime y desapasionado testimonio de tantos escritores, no menos autorizados que aquellos testigos, y que llevan a su frente al Ilmo. Sr. Obispo Zumárraga".
Algo es ya poner en pie de igualdad las afirmaciones de veinte testigos (son veintitrés) calificadas, con el mudo testimonio de tantos escritores, no menos autorizados.
Queda al fin paliado aquello del contagio y extravío del sentimiento religioso. Pero si enfrente de los escritores mudos, que no son tantos, hay veintitrés elocuentes testigos, no pesaran más aquellos que éstos. Decimos que no son tantos los escritores, contando los que han sido mencionados por sus nombres. A los frailes, directa o indirectamente mezclados en discordias enojosas con los obispos, se resiste llamar desapasionados. Más si, prescindiendo de ello, quitamos a los autores que no pudieron hablar de la Aparición, como Mendieta y Sahagún, por no contradecir a las claras al P. Bustamante; o que no tuvieron ocasión, a causa de que su relato no alcanzó el tiempo del suceso, como Las Casas, Durán y Tezozómoc; o que no quisieron, como Muñoz Camargo y Dávila Padilla; o que no supieron, como Daza, Fernández y Gil González Dávila, mengua la cifra en tal grado, que ni por hipérbole admitimos lo de tantos escritores que llevan a su frente al señor Zumárraga.

Al revés, frente a documentos mudos, presentamos veintiséis expresivos, dos de pluma española y los restantes de figuras o letras de indios, que nosotros mismos criticamos con severidad extrema, porque uno tiene enmendada la fecha, otros la muestran equivocada, cuáles no se han impreso, cuáles nos constan solamente por el dicho de quien los vió y lo dijo a otro y éste a otro. Les damos, sin embargo, crédito, porque sus autores son muchos para falsarios. El tiempo en que vivieron era de fe; y para creer o hacer creer, no necesitaban artificio. Los yerros que cometieron algunos, son fáciles de explicar. Empezaban a escribir; no sabían contar bien; confundían la correspondencia de los números arábigos con los signos cronográficos mexicanos; y si al compilar sus datos caían en anacronismos, bien sabemos que de ellos no están exentos los cronistas religiosos mismos. Hay dos relaciones completas, de don Antonio Valeriano y don Fernando de Alba Ixtlilxóchitl, de suyo bastantes para comprobar la tradición y que están por encima de la crítica. Las demás que nos han llegado, a pesar de sus defectos y por estos mismos, ostentan el sello de su época, que es prueba de su autenticidad. Si fueran irreprochables, darían margen a sospecha, como si en los vetustos monumentos, en vez de inscripciones borrosas, imperfectas y mutiladas, halláramos limpios, claros e intachables caracteres. A la cabeza de estos relatores de la Aparición es donde justamente ha de ponerse al señor Zumárraga, en el supuesto de que hubo autos originales y que del milagro dió noticia al convento de Vitoria.

Pasando luego de los documentos en mención, en copia, incompletos o completos, a los testigos de oídas, la réplica a los impugnadores es más terrible de lo que puede ser por sí sola la información de 1556. Esta demuestra la antigüedad y fervor del culto y la fama milagrosa de la santa Imagen; de lo que, en su natural enlace con los escritos alegados, resulta el prodigio de la Aparición como causa de aquel efecto. El único testigo, llamémosle así, que entre los de aquella información depuso en contra, fue el P. Bustamante, afirmando que la Imagen es pintura del indio Marcos. Lo afirmó, queremos creerlo, de oídas: si le hubiera constado de vista, así seguramente lo hubiera dicho. Pues a ese testigo único oponemos veintitrés también de oídas, pero entre ellos los prelados de las órdenes religiosas y hasta un Venerable, fray Antonio Margil de Jesús, conjunto no se puede más calificado y más fidedigno que la sola personalidad de Bustamante.

Traditio est, nihil amplius quaeras, puso Miguel Sánchez en su prólogo, no sin haber antes anunciado que había visto papeles bastantes, y asegurando que, aunque todo le faltara, tenía la tradición en su apoyo. Becerra Tanco, a su vez, que de los papeles bastantes dió traducida la parte principal, prefirió atenerse a la tradición, en calidad de testigo, mentando por sus nombres a cinco personas prominentes, de muchas a quienes la oyó, y que a su turno la recibieron de los contemporáneos del suceso. Si, además, se considera que los ya referidos testigos, en su mayor número vivieron diez, veinte o más años del siglo XVI, y por consiguiente recogieron sus informes de voz autorizada, con igual seguridad que los citados historiadores, inútil es analizar el párrafo donde el señor García Icazbalceta sostuvo que la tradición no existía antes de aparecer el libro de Sánchez. Anotaremos, con todo, que define la tradición equivocadamente: quod ubique, quod semper, quod ab omnibus traditum est. No se refiere a la transmisión sino a lo transmitido la fórmula de san Vicente de Lérins: verdadero es lo que por dondequiera y siempre todo el mundo transmite. La cual, según Perrone, es de entender en sentido positivo, quod semper, ubique et ab omnibus creditum est, non possit non esse verum; mas nunca en el negativo, ita ut verum aut certum non sit censendum quidquid semper, ubique et ab omnibus creditum saltem explicite minime fuerit. Es absurdo el sentido negativo, prorsus absurdum, de tener por falso lo que no crean siempre todos y en todas partes [1]. Porque casos particulares no demuestran incredulidad general o absoluta.

Aunque en 1556 no se hubiera levantado un clamor general contra el P. Bustamante, que atribuyó osadamente al pincel de un indio la imagen celestial; aunque el virrey Enríquez no haya logrado saber en 1575 el origen del culto; aunque en 1622 no lo haya predicado el P. Zepeda; y aunque el Br. Lasso con aquellos de los Adanes dormidos haya dado a entender en 1648 que hasta entonces vió en la santa Imagen circunstancias para él ignoradas; no se infiere de ahí que los demás mexicanos ignorasen o no creyesen el milagro de la Aparición. A México entero escandalizó el P. Bustamante, y muchos hasta pidieron que fuese enviado a España para su castigo: he ahí el clamor general, no sólo porque reprobase en los indios la devoción guadalupana, so pretexto de que idolatraban, sino porque pretendía quitarla a todos, mientras que el señor Montúfar los animaba a ella. A casos particulares negativos pueden oponerse otros positivos. Vivían a la sazón Mateo Juárez, Ventura Juárez y María Ana, su esposa, todos de Cuauhtitlán, que conocieron bien a Juan Diego, de cuya boca supieron la Aparición, y pudieron, por tanto, desmentir al predicador. No lo hicieron; pero después informaron del milagro a sus hijos, Mateo a Gabriel Juárez, que nació ese año, Ventura y María Ana a Andrés Juan, ya entonces de dos o cinco años [2].

Con aquellos por vía de ejemplo, se prueba que existía la tradición; con éstos, que había quienes pudieron comunicarla al virrey Enríquez para su carta de 1575, si se le hubiera ocurrido interrogarlos a ellos o a otros como ellos, que en su mismo pueblo no faltaban. El P. Zepeda en su sermón de 1622 pasó en silencio la Aparición, a lo que creemos, por no ser su asunto; y el bachiller Lasso en 1648 manifestó que hasta entonces había ignorado, según se colige, las circunstancias, calificándose a sí y a todos sus antecesores en la guarda del Santuario, de Adanes dormidos, sin ningún fundamento notorio por lo que a ellos toca.

Pero tanto en ese año como en el de 1622 florecían ya los Cuevas Dávalos, los Oyanguren, los Herreras, etc., que desde que tuvieron uso de razón, o sea, todavía en el siglo XVI, supieron el prodigio y a su vez lo contaron.
Citamos a personas conocidas mediante jurídico instrumento, para que no se ponga en duda que la tradición es jurídica y auténtica; y pocos nombres, porque no pasan de cuatro los que de contrario se alegan; y en conjunto a los demás, para notar que la tradición corría por su cauce. Habría quienes la ignorasen; pero el río no deja de serlo, porque no lo vean algunos o tuerza a veces su corriente o a veces la esconda. Yendo de testigos a documentos, no se nos diga que hubo imprentas que multiplicaron el argumento negativo y ninguna que diera a luz siquiera uno positivo. De las obras donde se busca apoyo para aquel argumento, una sola se imprimió en México: la de Grijalva en 1624. Las de P. Valadés (1579), de Acosta (1590) y Dávila Padilla (1596) fueron impresas en Europa. Las demás, que no son tantas, permanecieron inéditas hasta bien entrado el siglo XIX. Por tanto, nada multiplicaron; y si en más de una centuria los argumentos positivos no fatigaron las prensas, fué porque no era menester: se confiaba en que la posteridad recibiría de viva voz la tradición universal y constante.

Poco después de publicada la Historia de Sánchez se levantaron las informaciones, para dar satisfacción a la Curia Romana. Con igual objeto se hizo la primera inspección facultativa, en que los pintores comisionados dictaminaron que la Imagen excede a las fuerzas humanas. Ignoraban que el P. Bustamante afirmó ser la pintura obra del indio Marcos. Así que en 1666 estaba tal afirmación olvidada; lo estuvo probablemente desde su fecha; no se la tomó en serio. Ni en 1531 había indios capaces de pintar bien, como no los había aún en 1555, cuando el primer Concilio Mexicano prohibió a indios y españoles pintar imágenes sin previo examen y licencia, porque, entre otras causas, "los indios sin saber bien pintar ni entender lo que hacen, pintan imágenes indiferentemente todos los que quieren". Su atraso en aquella época contradice al P. Bustamante, mejor que pudieran cuatro líneas de los analistas de entonces; pues si en 1555, cuando fructificaba la escuela del P. Gante, no había competentes pintores indios, será inútil buscarlos veinticuatro años atrás. Juan Bautista, que empezó sus Anales en 1566 y da lista de pintores, debía haber sabido y dicho, si fuera cierto, que entre ellos o sus compañeros anteriores estaba el que pintó la santa Imagen. Nada dijo.

Y pasamos hasta el célebre don Miguel Cabrera. "Puede suponerse (leemos en la Carta del señor García Icazbalceta) lo que diría un pintor preocupado ya con la creencia general, con el resultado de la inspección de 1666, y con la presencia de altos personajes, que no le dejaban libertad, ni le hubieran tolerado la menor indicación de que había en la imagen algo que no fuera sobrenatural y divino". Es que Cabrera examinó la Imagen, en unión de otros pintores de fama, citados por el Cabildo; y de acuerdo con ellos escribió su Maravilla Americana, donde confirmó el dictamen de 1666 y refutó las objeciones de arte, sin huir el cuerpo a ninguna. No fué, pues, el único preocupado; lo fueron todos sus compañeros. De ellos discreparon en ciertos puntos los pintores que treinta y cinco años después repitieron el reconocimiento, a instancia de don José Ignacio Bartolache. La creencia general seguía siendo la misma; nada había desvirtuado el dictamen de 1666; el Abad y un canónigo, los mismos altos personajes que en 1751, presenciaron la inspección de 1786: ¿cómo fué que se sustrajeron de la preocupación estos pintores y no aquellos? Resumiendo el parecer de los postreros, asienta el señor García Icazbalceta: ”el tosco ayate de maguey se convirtió en una fina manta de la palma iczotl: asegurarn que tenía aparejo, negaron algunas particularidades notadas por Cabrera, y en fin: preguntados si supuestas las reglas de su facultad, y prescindiendo de toda pasión o empeño, tienen por milagrosamente pintada esta santa imagen, respondieron: que sí, en cuanto a lo sustancial y primitivo que consideran en nuestra santa imagen; pero no en cuanto a ciertos retoques y rasgos que sin dejar duda demuestran haber sido ejecutados posteriormente por manos atrevidas”

Por nuestra parte sabemos que deseoso de obtener un lienzo idéntico a la tilma de Juan Diego, mandó Bartolache hilar y tejer en su presencia cuatro ayates, dos de maguey y dos de iczotl, recomendando a hilanderos y tejedores que “remedasen en todo al original”; y no consiguió su objeto. Uno de esos ayates de maguey y otro de iczotl se cotejaron con el de la pintura; no le igualó ninguno. Así que la experiencia frustrada no convence de que el tosco ayate de maguey se haya convertido en finta manta de iczotl. Dijeron los pintores de Bartolache que ”el ayate tiene aparejo suficiente en todas sus partes para mantener la pintura, sin que sus colores se transportasen o rechupasen por el revés”; pero, según dos de ellos confesaron a la postre, no hicieron ”la más leve observación de la Santa Imagen por el reverso”; no investigaron ”si era cierto se percibían algunos colores, o pasaba la Imagen”. De modo que su testimonio del aparejo no vale, por insuficiencia de examen. Las particularidades que negaron, notadas por Cabrera, son dos: que las flores de oro de la túnica están perfiladas; y que el número 8 que ahí se advierte, es cosa especial. Esta segunda ni poco ni mucho altera la esencia del anterior dictamen. La primera sí. Los cinco pintores de Bartolache contradicen a Cabrera, Ibarra, Osorio, Ruiz y Alcíbar, que tuvieron la aprobación expresa de don Francisco Antonio Vallejo y don José Ventura Arnáez, también pintores. En cosa que se juzga por los sentidos e interviene la pericia, sobre la de aquellos cinco prevalece la de estos siete. Hecha salvedad, finalmente, de los retoques y manos atrevidas, que, citando al P. Florencia y al Proto-Medicato (1666), especificó el mismo Bartolache en la infeliz añadidura de algunos querubines, y de oro a los rayos y de plata a la luna; sus pintores tuvieron por milagrosamente pintada la Imagen en cuanto a lo substancial y primitivo. Donde vemos que, en rigor, se fue acortando hasta desaparecer la distancia, que pareció grande al señor García Icazbalceta, entre las frías reticencias de los pintores de Bartolache, y el entusiasmo de Cabrera.

El reparo que al señor García Icazbalceta merecen algunas circunstancias inverosímiles de la historia, según la trae Becerra Tanco, no atañe al milagro. Oyendo Juan Diego el concierto, y viendo la claridad luminosa con que se le anuncia la Santa Virgen, quedó absorto y le ocurrió una exclamación gentílica: “¿Por ventura he sido trasladado al paraíso de deleites que llaman nuestros mayores origen de nuestra carne, jardín de flores o tierra celestial oculta a los ojos de los hombres?” Esto que llamó la atención del crítico, es rectificado por Becerra Tanco, a quien sigue.
El cual escribió: “Quedó el indio absorto… sintiendo dentro de su corazón un júbilo y alborozo inexplicable, de tal suerte, que dijo entre sí: ¿Qué será esto que oigo y veo?… ¿por ventura etc.?” Lo dijo entre sí; no pasó del pensamiento, que el historiador leyó en el alma de Juan Diego.

Para no encontrarse el martes siguiente con la Virgen y evitar una reconvención, tomó el indio otro camino. La estratagema no podía ser más pueril, como el señor García Icazbalceta la califica. Pero, aunque la interprete por ignorancia absoluta de la religión, no fue sino candidez: Adán culpable se escondió a las miradas de Dios, y no era ignorante. La falta de Juan Diego consistía, según el crítico, en no haber acudido a la cita que ella (la Virgen) le pidió el día anterior, porque fue a Tlatelolco para pedir que se administrasen a su tío Juan Bernardino los sacramentos de la Penitencia y Extremaunción. Nadie ignora, pues Mendieta lo dice, que a los principios en muchos años no se le dio a los indios la Extremaunción. La Penitencia se les escaseaba.”
Aquí olvidó otra vez el señor García Icazbalceta a Becerra Tanco. La Santísima Virgen no dio cita el día anterior, lunes, sino el domingo, a Juan Diego. Ni fue éste a Tlatelolco. Disculpándose el martes, cuando le salió al encuentro la Reina del cielo, le dijo: “No tomes a disgusto… está enfermo de riesgo un siervo tuyo y mi tío… y porque se ve muy fatigado, voy de prisa al templo de Tlatilolco…”. Pero, al fin, no fue.
Consolado y satisfecho, al saber que ya su tío estaba sano, como le anunció la Señora, sólo pensó en obedecerla. Que a los principios en muchos años no se dio la Extremaunción a los indios, lo dice Mendieta; pero expresando la causa: “por haber pocos ministros”. Motolinía, que escribió catorce años antes que Mendieta viniese a la Nueva España, refiere que “el año de 1526 comenzóse este sacramento de la Penitencia entre los naturales”. No dice que se les escaseara. El señor Zumárraga, al contrario, dijo en 1531: “Confiésanse mucho” [3]. Y claro está que a un moribundo no había lugar a escasearle la absolución de sus culpas.

Ya que la historia dice que ”cuando el indio quiso entrar a la presencia del Sr. Obispo, se lo estorbaron los familiares y le hicieron aguardar largo tiempo”; quiso a su vez el señor García Icazbalceta saber ”qué familiares tenía el Sr. Zumárraga en 1531 y cómo era que los indios encontraban dificultades para acercarse a un prelado que siempre andaba entre ellos”. A esto responderemos que, por no haber sido las de Juan Diego mas que esperar largo rato, y sin conocimiento ni orden del prelado, no son inverosímiles. Inquirir por los familiares parece excusado. Becerra Tanco, cuya historia se sigue, cuenta que, habiendo entrado el indio la primera vez al palacio del obispo, “comenzó a rogar a sus sirvientes que le avisasen para verle y hablarle”. Cierto que, al narrar la segunda entrevista, dice que “le dilataron mucho tiempo los familiares del Sr. Obispo”; pero vuelve a nombrar los sirvientes en la tercera y última vez: “habiendo rogado a varios sirvientes del señor obispo que le avisasen, no lo pudo conseguir…” Como es indiscutible que el señor Zumárraga tenía personas que en su casa le servían, no se necesita saber más. Empero familiar, en la acepción de “eclesiástico o paje dependiente y comensal de un obispo”, no podía faltarle: no le faltó un religioso, “lengua”, por cuya mediación tratar con los indios, “ya que siempre andaba entre ellos”; ni uno o más clérigos que le acompañasen y sirviesen como a un prelado.

En su carta de 1529 habló de un “padre guardián, que era mi intérprete”.
Respondiendo después a ciertos capítulos de acusación del Lic. Delgadillo, dijo (entre otras cosas), refiriéndose al cacique de Tacuba: “Yo le llevé en una hamaca al monasterio más propincuo de Cuyoacán, con Fr. Jacobo mi compañero”. Y declaró también entonces: “Ni yo tenía dineros, ni otro de mi compañía[4].
”Los viernes (leemos en Mendieta) iba al monasterio de San Francisco, y decía su culpa en el capítulo de los frailes… y esto hizo más veces el tiempo que estuvo electo antes de consagrarse… Cuando no tenía religioso que lo acompañase en su casa, se iba a confesar al convento de S. Francisco…” [5]. De Iztapalucan escribió a su “amado hermano”, una carta (sin fecha), avisándole: ”Dos cleriguitos y un fraile andan conmigo, y el martes o el miércoles pienso ser allá…”
En esa misma carta menciona a Pedro de Agurto y a Mendiola (Domingo), de quienes, en unión de otros servidores, se acordó en su testamento. [6] Su mayordomo Martín de Aranguren, en Relación de 3 de Junio de 1548 asentó cincuenta pesos de tepuzque, “que mandó dar S. Sría. a Domingo de Mendiola por el tiempo que le sirvió”; veinte pesos de tepuzque a Pedro de Agurto, “paje, e hijo de Sancho López, por el tiempo que estuvo en casa; otros xx ps. a Francisco Dávila, paje, e hijo de Alonso Dávila…”
Martín de Aranguren fue desde 1545 mayordomo del Sr. Zumárraga; antes lo había sido Hernán Gómez; y antes otros, pues el mismo Ilustrísimo dijo al canónigo Juan Bravo, hablándole de Aranguren: ”Nunca he tenido mayordomo que tanto me hubiese satisfecho, que éste”. Señal de que había tenido más de uno. [7]
Sería mucho pedirnos que señaláramos con fijeza quiénes de los nombrados o cuáles otros comían el pan del señor Zumárraga en 1531. Bastará saber que desde que fue solamente electo (1528-1532) no le faltaron intérpretes, compañeros, religiosos o clérigos, pajes, mayordomos ni otras personas de su servicio, a quienes propiamente se debe llamar familiares.

"La última vez que Juan Diego se presentó al Sr. Obispo llevó las credenciales de su embajada, que eran las rosas solamente, según unos, y esas y otras flores según otros. Ciertamente que la seña no era para creída. Se hace consistir lo maravilloso del caso en que el indio hallara las flores en la estación del invierno y que estuviera en la cumbre de un cerro estéril". Para el señor García Icazbalceta, lo primero nada tenía de particular, porque los indios cogían flores en todo tiempo; y la segunda circunstancia no le constaba al Sr. Zumárraga.- Ni le constó a nadie más que a Juan Diego. Y porque aquella seña no era para creída, por eso, al caer las flores, se estampó la Imagen en la tilma en que las portaba.

"y habiéndola venerado (el Sr. Obispo) como cosa celestial, le desató al indio el nudo de la manta, y la llevó a su oratorio... Disertan mucho los autores Guadalupanos sobre cuándo se pintó la imagen; aunque todos concuerdan en que al soltar Juan Diego la tilma ya apareció pintada. Este fué el gran prodigio; pero tampoco le constaba al Sr. Zumárraga.... Aunque no sepamos de cierto que ya para esa fecha hubiese en México pintores, tampoco nos consta lo contrario; y en todo caso, bien valía la pena de que en negocio tan grave el cauto Sr. Zumárraga hubiese averiguado muy detenidamente de dónde venía la pintura, en vez de arrodillarse ante ella tan pronto como la vió... Ningún Obispo procedía tan ligero y menos un varón tan grave. Otra circunstancia debió aumentar su justa desconfianza: la de que la imagen está pintada en una manta fina de palma, y no en un grosero ayate de maguey, que era la materia de que usaban sus tilmas los macehuales o plebeyos, como Juan Diego. ¿De dónde le había venido esa capa tan ajena de su humilde condición?"
Contestando a la impugnación del P. Mier, se ha dicho ya que la manta no es fina o de palma. Quienes la han creído de iczotl o palma, no son indios. Los indios testigos en la Información de 1666 afirmaron como Valeriano que es de ichtli o maguey. Pudo el sr. Zumárraga a primera vista apreciar que es un lienzo de hilos gruesos y tosco y ralo tejido; y no necesitó hacer indagación de la pintura, cuya belleza le cautivó luego, como a todos nos cautiva.
"Ningún obispo procedía tan de ligero". El hecho es que cuantos obispos ha habido y hasta el obispo de los obispos, Benedicto XIV, con sólo oir la relación y ver la Imagen han caído de rodillas, a la manera del señor obispo Zumáraga.

Llama la atención que la Santísima Virgen eligiera el nombre, ya famoso, de un santuario de España, "cuando se aparecía a un indio para anunciarle que favorecería especialmente a los de su raza", y que "ninguno de sus favorecidos podía pronunciar por carecer de las letras d y g el alfabeto mexicano". Tampoco tiene r el alfabeto mexicano; mas la Santísima Señora no podía menos de darse a conocer con su nombre de María, que tiene aquella letra. Carece igualmente de j y de b el mexicano. No obstante, los favorecidos de la Reina celestial se llamaban Juan Diego y Juan Bernardino; y así como aprendieron a pronunciar sus nombres, aprendieron a pronunciar el de Guadalupe.

En cuanto al origen del templo con ese título, recuerda el señor García Icazbalceta que entre los conquistadores había muchos andaluces y extremeños, grandes devotos del santuario español, que está en la provincia de Extremadura; y luego, citando a fray Gabriel de Talavera (que imprimió en 1597 su Historia del Santuario de España), dice que arraigóse la devoción y respeto de dicho santuario en los moradores de ambas Indias, los que comenzaron a dar prendas del buen ánimo con que habían recibido la doctrina, levantando iglesias y santuarios con título de Nuestra Señora de Guadalupe, especial en la ciudad de México de Nueva España. De donde concluye: "Aquí tenemos ya declarado sencillamente el origen del nombre, por un autor que escribía en el siglo mismo de la Aparición, y la ignoraba." Pero ignoraba también que veintitrés años antes, en 1574, hallándose en México fray Diego de Santa María, religioso asimismo del convento de Extremadura, escribió al rey una carta, quejándose de que por 1560 ó 62 los mayordomos impusieron el nombre de Guadalupe a la ermita mexicana, que antes se llamaba por otro nombre, y que lo habían hecho por defraudar las limosnas que solían darse a la casa de España. Fray Diego había venido precisamente por el negocio de las limosnas.
Y de ser cierta su queja, nada queda de la sencilla declaración del P. Talavera. Mas no fue cierta una ni otra cosa; porque así lo hubiera escrito el virrey Enríquez en el informe que le pidió el rey, con ocasión de la referida carta. Alega también el señor García Icazbalceta que " Los españoles creyeron advertir que la imagen de la Madre de Dios venerada en el Tepeyac se parecía en algo a la del coro del santuario de Extremadura, y eso bastó para que le dieran el mismo nombre. Así lo dice el Virrey Enríquez.". Poco a poco, el virrey Enríquez ni siquiera mentó la Imagen del coro de Extremadura.

Por final de cuentas, no cree el señor García Icazbalceta que Miguel Sánchez inventara completamente la historia. "Algo halló (piensa) que le diera pie para su libro. Tal vez llegó a sus manos una relación mexicana, á que añadiría nuevas circunstancias como acostumbraban los escritores gerundianos, casi sin apercibirse de ello, sino llevados por aquel prurito de ponderar y exornar cuantos asuntos les caían en las manos." Más, siendo la Aparición el asunto, la ponderación de las circunstancias no importa.
Sin embargo, no es de creer que un sacerdote tan grave como Sánchez inventara hechos. Nosotros aseguramos con certidumbre absoluta que nada inventó; porque cuanto refiere de las apariciones y de los milagros se encuentra en el antiquísimo relato de Valeriano y en la narración añadida por Alba Ixtlilxóchitl.

Veamos, no obstante, lo que, en sentir del señor García Icazbalceta, "puede saberse por documentos históricos y rastrearse por conjeturas". Según él, "Los primeros religiosos levantaron luego de llegados, muchas capillas y ermitas en diversos lugares, con deseo de destruir la idolatría, prefirieron para colocar esas pequeñas iglesias aquellos sitios en que antes se tributaba mayor culto a los ídolos, y aún les dieron títulos análogos.... bástenos saber que así pasó, y que una de esas ermitas fué la del Tepeyac, con el título de la Madre de Dios, sin advocación particular... No sabemos en qué año se labró la ermita, ni qué imagen se puso en ella: tal vez ninguna, por ser entonces muy escasas. Poco después los indios se dieron a hacerlas... Sin duda una de estas fué la de Guadalupe, y hallándola bastante bien pintada, devota y atractiva como realmente lo es la enviaron los religiosos a la ermita, llevando a otra parte la que allí estaba, si alguna había: y cuando los españoles la vieron le dieron ese nombre por lo que antes he dicho." Debió, a nuestro juicio, asentar el señor García Icazbalceta, conforme a documentos históricos, que la ermita se labró antes de 1554, sin conjeturar que al principio no se pusiera ninguna imagen, cual si ésta pudiera faltar en una iglesia católica, como en los templos protestantes. Eso tiene un objeto aparente, el de dar lugar a que hubiera indio Marcos que la pintara. Lo imaginado así tenía que haber sucedido de 1524, en que llegaron los primeros religiosos, a 1554, en que vino el señor Montúfar y ya encontró muy difundida la devoción guadalupana. Pero entonces no hubiera el P. Bustamante, provincial de franciscanos, afirmado que carecía de fundamento; no hubiera igorado que la instituyeron sus propios hermanos, los primeros religiosos que vinieron. De éstos fue Motolinía, que menos podía ignorarlo y tenía que darle cabida en su Historia, como hazaña propia de su Orden. Lo hubieran sabido también de cierto los cronistas franciscanos Sahagún y Mendieta. Sahagún, sobre todo, queda maltrecho. ¿Cómo se escandaliza de que los indios honrasen a la Madre de Dios en la ermita por sus cofrades erigida, precisamente para reemplazar, y con título análogo, la romería idolátrica de la Tonantzin? Increíble, por otra parte, es que la imagen de Guadalupe, "bastante bien pintada, devota y atractiva", y milagrosa, añadimos, fuese enviada por los frailes a una ermita que nunca estuvo a su cargo, sino al del clero secular. Siendo allí grande y general el culto, la habrían defendido por suya los frailes con el tesón que solían, y mas aún contra el señor Montúfar, a quien en tales casos y por menores cosas se opusieron. Años lucharon por retener los templos y conventos que habían fundado, en que vinculaban sus privilegios y exenciones. Al P. Bustamante, provincial, tocaba reclamar la ermita para su Orden y mantener la devoción ya encendida con la fama de los milagros, en vez de pretender aniquilarla con enojo. Y de ser cierto que los españoles impusieron a la Imagen y ermita el nombre de Guadalupe, ¿lo habrían hecho sin conocimiento y aprobación de los franciscanos fundadores? ¿hubieran mostrado en ese punto contrariedad los frailes parciales de Bustamante?

"Hacia los años de 1555 y 1556 comenzó a encenderse la devoción con motivo de la curación milagrosa que refería el ganadero, y se contó también la aparición simple (á ese ó á otro indio) de que hablan Juana Martín y Suárez de Peralta. Estaban entonces en boga y continuaron mucho después las representaciones sacras de autos o misterios, a que los indios eran aficionadísimos. D. Antonio Valeriano... tenía capacidad suficiente para esta clase de composiciones. Él u otro aprovecharon la relación de los milagros de Ntra. Sra. de Guadalupe, y tomando por base la Aparición que se refería, añadieron circunstancias que dieron forma y animación a la pieza, sin intención de hacerlas pasar por verdaderas, como suelen hacer todavía los autores dramáticos. La historia de la Aparición tiene una contextura dramática que á primera vista se advierte... Esta seria la pieza o relación mexicana que cayó en manos de Sánchez, quien la tomó al pie de la letra y la dió por historia verdadera."
Notaremos de paso que ya Sánchez es mero copista, no inventor ni aun de las circunstancias de la historia: tomó la relación al pie de la letra. Tuvo, por consiguiente, los papeles que dijo en su prólogo.

"Hizo lo demás el espíritu de la época, propenso a aceptar sin examen, como obra meritoria todo lo milagroso. Se había contado la aparición de Ntra.Sra. de Guadalupe a un pastor, y la sabrían por sus antepasados los testigos indios de las informaciones de 1666, fácilmente le acomodaron las circunstancias. que corrían ya con general aceptación."
Contra su autor se vuelve esta conjetura. Señalado como punto capital el de la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe a un pastor, a eso tenían que acomodarse las circunstancias, pero de suerte que siempre se distinguieran. Y no fue así; no era pastor Juan Diego, del cual dijeron los testigos que vió y habló a la Reina del cielo; ni ganadero el obispo, a quien se apareció la Santa Imagen. Confesar que las circunstancias declaradas por los testigos, corrían ya con general aceptación, es confesar que su declaración es verdadera: afirmaron lo que habían oído, lo que sabían por sus antepasados. Se justifica, pues, a los testigos indios y mayormente a los no indios. Corrían las circunstancias, repetiremos, con general aceptación, con la misma que mereció y con que ha corrido hasta hoy la declaración de los testigos, por fuerza descargados de las tachas de contagio moral y extravío del sentimiento religioso: porque tales circunstancias, que Sánchez copió al pie de la letra, no proceden del espíritu de la época o de una muchedumbre anónima: están todas, absolutamente todas, en la Relación primitiva, no formada a pedazos, del modo que presumiño también don Juan Bautista Morales, sino hecha de una pieza, y de la que es autor don Antonio Valeriano.

Tiene contextura dramática. Cierto, como toda historia. Pero no representable, porque en ella habla siempre el historiador. Por lo cual no cabe confundirla con los autos sacramentales o misterios, a que los indios eran aficionados.
Ni admitimos que haya sido compuesta tomando por base la Aparición a que se refería, "con motivo de la curación milagrosa que refería el ganadero", cuando se contó "también la Aparición simple (a ese o a otro indio) de que hablan Juana Martín y Suárez de Peralta".
Ignoramos de dónde saca el señor García Icazbalceta que el ganadero fuese indio y que se le haya aparecido la Santa Virgen. Nada de eso escribió el virrey Enríquez, único en informar del caso. La imagen devotísima, que ha hecho muchos milagros, aparecióse entre unos riscos: es la aparición original narrada por Suárez de Peralta. Y que se apareció a Juan Diego en Tepeyácac la amada Señora Santa María, leemos en el testamento llamado de Juana Martín. Donde intervienen documentos, ya no valen conjeturas. Aquí se ve el alma de la tradición. Las circunstancias que el testamento citado no tiene y se hallan en Valeriano, corrían con general aceptación: luego son igualmente tradicionales, pues que de sus antepasados las supieron los testigos indios y no indios de 1666.





Referencias (todas originales del Lic. Velázquez)


[1] CARD. VIVES, Compendium Theologiae Dogmaticae, Romae, 1905, núm. 649.


[2] VERA. Informaciones sobre la milagrosa aparición de la Santísima Virgen de Guadalupe, recibidas en 1666 y 1723, Amecameca, 1889, págs. 23 y 29


[3] MENDIETA, Historia Eclesiástica Indiana, lib. III, cap. XLIX, MOTOLINÍA, Memoriales, cap. 36, J. GARCÍA ICAZBALCETA, Don Fray Juan de Zumárraga, Documentos, núm. 6.


[4] J.G.ICAZBALCETA, Don Fray Juan de Zumárraga, Documentos, núm. 1 y 10 §§ 13º y 25º.


[5] Historia Eclesiástica Indiana, lib. V, Pte. 1ª, cap. XXVIII.


[6] J.G.ICAZBALCETA, Códice Franciscano, México, 1889, pág. 291.


[7] Don Fray Juan de Zumárraga, Documentos, págs. 178, 204 y 195.





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Bibliografía:



VELÁZQUEZ Primo Feliciano, La Aparición de Santa María de Guadalupe, Edit. JUS, edición facsimilar de la primera edición de 1931, 1981