| . | Investigación Documental sobre la Virgen de Guadalupe | . |

NOTA 1: Este hermoso poema, escrito en octavas reales, es probablemente el más extenso que se haya escrito en honor a la Guadalupana. La belleza de su composición y su lirismo llamaron la atención de Sor Juana Inés de la Cruz, quien escribió su único soneto guadalupano inspirada por La Octava Maravilla, y titula a dicho soneto Alaba el numen poético del padre Francisco de Castro, de la Compañía de Jesús en su poema heroico en que describe la Aparición milagrosa de Nuestra Señora de Guadalupe de México, que pide la luz pública, que los lectores pueden leer completo AQUÍ.
En su soneto, Sor Juana compara el poema de Castro nada menos que con una segunda aparición Guadalupana:
ya el Cielo, que la copia misteriosa,
segunda vez sus señas celestiales
en guarismos de flores claro suma:
pues no menos le dan traslado hermoso
las flores de tus versos sin iguales,
la maravilla de tu culta pluma.
NOTA 2: Sin embargo, el poema es enorme, consta de cinco cantos, con 36 octavas el primero, 70 el segundo, 44 el tercero, 53 el cuarto y 55 el quinto. En total, son 258 octavas y 2064 versos.
Me resultaría muy difícil copiar el poema completo, además de que, con todo y su innegable hermosura, no es parte esencial de la Investigación Guadalupana. De este modo, no colocaré el poema completo, sino que sólo seleccionaré algunas partes de todos los cantos.
DEL CANTO PRIMERO
I
Canto el Milagro y el Retrato escrito
del igual verdadero que, pintado
portento, Efigie a quien su matiz vivo
reinas sirvieron flores muerto el prado;
la que el Cielo a pesar de lo nocivo,
del sitio adusto y del diciembre helado,
del tosco lienzo y del ingrato suelo,
pintó cual quiso y la sacó del Cielo.
II
La Maravilla, digo, continuada
que a México envidiar, no ya Castilla,
más la parte del orbe más pintada
puede; la que admirable maravilla
hoy, como cuando a flores ostentada,
en un diciembre que al abril humilla,
se vio florida Maravilla extraña
aun en su patria de la Nueva España.
III
Aquella de Lisipos y de Apeles
espanto colorido, asombro, idea
que, aun estando en cadáver los vergeles,
donde jamás olió flor Amaltea,
y en lienzo, cuyos hilos a cordeles
tiran, se deja ver la Nazarea
Fénix copiada, en vez de los colores,
con las que el floricida mes dió flores.
IV
Del Mariano País la Primavera
al campo de un ayate reducida;
ayate cuya no menos grosera
tela desnuda fue, que por vestida
tan varia en sus matices persevera,
persiste en sus colores tan florida
que, siendo al temple, pasma los pinceles,
cansa pintores y delicia fieles.
VII
Tu, la que Numen décimo no al coro
vulgar creciste de las Musas nueve,
cual Safo; si cual tú, la que canoro
número y numen al Querub promueve
a cuya planta bebe aquel sonoro
castalio instinto que a los otros llueve;
tú, del Parnaso Empíreo, tu, María,
décimo coro y cuarta jerarquía.
VIII
De siete reinos Imperial Señora
México fue en su Rey, no coronada
menso las sienes que la vencedora
planta de hollados cetros laureada;
mas hoy, si la que entonces fue se ignora,
divina más, por menos endiosada,
de Deidad mejorando en su fracaso,
segunda vez Roma del Noroeste ocaso.
XXV
Esta México fue, si en mapa breve,
su majestad aquel más imperiosa,
hoy tan rica a oro menos que la aleve
de su edad yerro desquitó piadosa,
que en ley, que en rey, que en observancia debe
-calle sus demás timbres de famosa-
nada a cuantas el mar de Cristo baña,
una del siempre Dios y otra de España.
XXVIII
Del ínclito Ariel que en Palestina
vencido, y vencedor de injusta muerte,
otra vez fundó el orbe en su ruina,
próvido ambage fue, querida suerte,
que la Leonis entrase en la Arietina
casa; porque el piadoso, a par de fuerte,
Aristeo por Austria y por Castilla
hiciese campo a tanta maravilla.
XXIX
El de Judá León siempre triunfante
dudó no, si a nombrar al que convino
de su América esfera digno Atlante;
aguardó que el de Flandes Vellocino
al de España León, en lazo amante,
hiciese en Carlos Géminis divino;
porque fuese vanguardia a tal Belona
Cristo en su Imagen, ya que no en persona.
XXX
Cuando del Tenoztlán en la conquista
a Marte le incumbió la excelsa parte,
consulta muy de allá fue, que no asista
a tan ínclita Palas otro Marte
que el que en sus armas el Cordero alista
y descoge el León en su estandarte,
la de Nazareth Augusta Palas
al Cordero León debe sus alas.
DEL CANTO SEGUNDO
XIII
No es lo que más admiración desea
mirar frustrada a Laquesis y Clotos
del caduco vitir la atroz tarea;
si al ver a tantos las costumbres rotos,
como la irracional rompió Romfea,
del que temieron infortunio ignotos
y en la esperanza del escape heridos
a su eterna salud convalecidos.
XV
Aque, digo, dichoso Yariseo
de estirpe entre romana y palestina
cuyo tiró a extinguir Lobo deseo,
o con su escrita a divorciar Paulina
a la de gracia novia su himeneo;
que a un golpe de la diestra Clementina
hecho quedó de copia Babilonia
la que en Dios bebió Grecia; España, Ausonia.
XVIII
En cuya religión, no ciega tanto
como en la de otros dioses, procedía
la del Nilo, del Tíber, del Janto,
cual más, cual menos ciega idolatría;
cuando del duro, no que en bronce, o canto,
rostro esculpió el pincel, la conocía;
ni de otra cara, que de la oportuna,
que hizo el fiero desdén de su fortuna.
XXII
Aquella, digo, si con Dios tan una
con las demás, que incluye perfecciones,
tan suntuosa las obras cual ninguna;
pues le costó sacrílegos horrores
enmendar de su imagen la infortuna,
cuando le estuvo a insignes dos ladrones
oírse por su entonces más querido
pueblo suplicio y causa condolido.
XXIV
¿En quién de Dios halló cabida
la que de Dios vencido a Dios laurea
fuerza amante, potencia condolida?
¿En cuál de las criaturas se recrea
tanto que de la ya framea esgrimida,
de su justicia el golpe sobresea,
dejando ya su diestra fulminante
no menos reportada que triunfante?
XXV
De cuya invocación habido el voto,
por eco el entusiasmo me responde:
tal, que si el vinclo con el cuerpo roto
del alma no me deja, al fin me esconde
a mí de mí, de igual sentidos boto
que las potencias hábil, llegué adonde
registré, a la alta luz de aquéllas, cuanto
al metro fío y encomiendo al canto.
XXXI
Poco instantes después introducido
me hallo una tempe de menor follaje,
pero de amenidad de más olvido,
de la vida al quitar Dios homenaje;
o do al fin faz a faz ser poseído
plugo al que dista de ningún paraje;
muraba el sitio aquel metal luciente
a quien su mejor luz debe el oriente.
XXXVII
Ya el aire de su horror convalecido,
ví, en fe de que el discurso no me engaña,
un breve mar a quien por no surtido
menos de blanco pez que verde caña,
isleña amenidad creció su nido
el hoy Fénix país de Nueva España,
de donde ser dio el humo señas claras
y de adúltero culto a espurias aras.
XLIII
Dígalo del Dios Hombre la mudanza,
si no en sí propio, en el grimoso efecto,
que hizo a su curia verle de venganza;
cuyo tanto pavor la impuso aspecto
que hubo menester la que fianza
está leyendo siempre en el decreto
de su fidelidad intransitoria,
para constar en su quietud la gloria.
XLIV
Tres por la boca de su abierta mano
lenguas de fuego, que el postrer suplicio
si al Orbe no antenuncian Mexicano,
se iban a resolver de un sacrificio
solemne a su justicia en polvo cano,
por fiero albergue y homicida hospicio
de la más inhumana idolatría,
agresora cruel cuando más pía.
XLVI
Cuando levada de la augusta silla
la que ya dije, si a los ojos Diosa,
Mujer, empero, cuya gloria humilla
cuanto tiene la Roma victoriosa;
mejoró de sitial en su rodilla
repitiendo sobre ambas obsequiosa
de esclava el Trono, donde colocada
se halló de Dios el vientre coronada.
XLVIII
Tierno el semblante, sin que humano agravio
el condolor a su beldad influya,
dio a la purpúrea cinta de su labio
sonora humilde libertad, a cuya
dulce voz todo aquel Emíreo sabio,
boca por cielo, suspendió la suya,
parando todos, bulto y alas fijo,
sus mientes, mientras que la Reina dijo:
XLIX
Hombre y Dios, dijo, autor y hechura mía,
-tanta, Señor, la dignación fue tuya
que te pudiese, libre de osadía,
apellidar tu esclava hechura suya-
cuando soy por ti a quien sus caulas fía
el mundo, y tú a quien plugo, sustituya
en mí la voz por la de tu clemencia,
tu de venganza y yo de negligencia.
LI
Rompa mi labio, pues, el que silencio
me quebrantará el príncipe instituto
de la que en mí, por tuya, reverencio
gracia de hacerme toda el atributo
más de tu genio, cuya siempre agencio
de glorias creces; quieras, dulce fruto
de mi vientre, lograr las que te ruego,
iluminando un pueblo asaz tan ciego.
LXI
Símbolo y guarnición de su estandarte
era el arnés, de acero no, de leño,
en que al mundo pusó de parte a parte
Dios Hombre, de quien ya culto y diseño,
en cuyo signo el Castellano Marte,
Alejandro Español, Cid Extremeño
se avanzó a dominar un gentilismo,
que a extinguirle bastó con el guarismo.
LXII
Dígalo a su murmulla cuanta alista
gente el Campo Español que tumultuosa
abandona el campeón, si no desista
de empresa con nación tan animosa,
cuya asaz multitud, de lejos vista,
de antemano se ostenta victoriosa,
cuando su inumerable turba sola
las alas entumió de la Española.
LXVI
No sangre menos que infeliz fortuna
a la del Español Marte avenida,
correr vi a Tenoztlán por su laguna
de sus mismos patricios sumergida;
mas si cual suele allí se mancomuna
la Deidad con la seña permitida,
para dar al ciego, que venció, su vista,
gloria a su México fue su atroz conquista.
LXIX
Dió a entender una voz que el noble espacio
que desde entonces diez tardase veces,
en repetir el oriental topacio
su esplendor, desde el Aries a los Peces;
en el de Tenoztlán sacro Palacio
al que de Pedro tendría allí las veces,
para su fiel abrigo ofrecería
la agreste manta al cielo de María.
DEL CANTO TERCERO
III
No va lejos del monte mi Talía,
cerca sí, aunque la historia la rodea,
sirviendo al hecho la mitología
cuando a la que del Griego oyó Tirea
y madre de los dioses se aplaudía,
ahora elocuencia, ahora idolatría,
por nombre Teotenantzin en su cumbre,
que mata aromas por faltarle lumbre.
IV
O finge que Opis su tendido manto,
por librarle a las huellas del cuadrupe,
dobló allí, no ya todo, sino un tanto;
pero tan sin aliño, que le tupe
de rugosa aspereza inútil canto,
y has de cuenta que ya viste a Guadalupe;
doblez de tierra, corpulenta ruga,
si ya del llano al agua no es tortuga.
VIII
Ni el siempre ingrato a todos rumbos ceño
de tierra, que sorteó tan grato clima,
dudas, la que al ya hipérbole de empeño
en la falda, en la loma y en la cima;
cima que no en su frente crespo leño,
falda que jamás flor admitió encima,
rivazos macilentos de viudos
aun de Ninfa, que a nadie negó nudos.
X
Tierra a quien por lo áspid, lo florido
bien le armara, mas tal de su veneno
lo estéril fue, que aun de lo bien llovido
nunca se le dio un bledo a su terreno,
si ya del cielo no le fue impedido;
porque sombrease en todo el inameno
sitio el gremio infeliz, de la ya ufana
Madre, por gracia de la flor Mariana.
XVI
Del lago y cerro, a poco no desvío
vulgo fue mucho, si del Villanaje
mides la multitud con el gentío;
si de sus casas en el homenaje
tan corto, como el huésped laborío,
alarife y peón de su hospedaje;
patria del Indio, a quien la ya de horrores
tierra infeliz fructó dichosas flores.
XVIII
La suerte macehual-así al de Anhágua
plebeyo llaman, mas con Dios no hay plebe-
era el Indio que Juan a lengua y agua
oyó del mar tan alto en concha breve,
que a la del fuego originen voraz fragua
dejó, del primer golpe, hecha nieve;
¿quién sino Juan, que a gracia suena, había
de ser digno internuncio de María?
XIX
No impropio nombre al labio castellano
de espadañas telar escucharía
el Pueblo, de do aquel recién cristiano,
sin la fe antigua, a pie veloz medía
no pocas millas de palustre llano
cada estatuto a su enseñanza día,
por el ya abierto de las huellas surco,
la vuelta de Santiago Tlatilulco.
XXII
Tres de sus doce la solar contaba
majestad, Ninfas de reloj sin mano;
y entre las muertas, desde que doraba
su matutina luz el meridiano,
la de diciembre Aurora, que a la octava
se siguió del origen Mariano,
tal a tal de aquel mes estaba el día
con la hora que a su sol fiel incumbía.
XXIII
Cuando el dichoso Juan, por escogido
precursor de la Rosa Nazarea,
yendo pies suelto y ánimo encogido
rumbo en demanda de su fiel tarea,
por aquel entre lago y monte ejido,
pasos, alma y camino le saltea
gente, si de los hombres, por canora
pacible cosa, entonces cazadora.
XXIV
Por donde más los ojos exaspera
al caminante de la cumbre el ceño
-cuales no en su oceana primavera
o estación fortunada escuchó isleño,
no el Pindo, cuando es tumbo su ribera-
por el diciembre en facistol despeño,
voces el Indio oyó con cuyo acento
miente otra vez de Anfión el instrumento.
XXVIII
La falda al monte en pocos saltos prende
y ganándole piedras a la cuesta,
sobre la que aun de alado se defiende
Garzón, por erizada más que ingesta,
todo el hombre estribando en el que atiende
celeste canto, al fin se encimó cresta;
dedonde, cuando la campaña explora,
se halla en vez de las aves con la Aurora.
XXIX
Vió una Mujer, pero doncella
fértil a par de pura, vió a María
que sobre el gremio femenil descuella
más, que en la triste noche, alegre día:
la tricolor de Juno Ninfa bella
de ser su templo, en Argos se lucía;
quedó a su vista de un asombro ledo
el Indio, Indio otra vez menos el miedo.
XXXI
Ave Juan, una y otra deliciable
gracia a mis ojos, la Beldad le dijo:
Yo soy la que ambos orbes admirable
Madre aclaman, por serlo de Dios Hijo,
a quien de hoy más, será más agradable
este monte, que entonces le desdijo,
cuando su Teotenantzin se mentía
otra Yo en él, por ya posesión mía.
XXXII
Dí a tu Pastor, mi siervo y tu Connombre,
que en esta, un tiempo de oblaciones fieras,
hará feliz, un templo por renombre
titular mío, "la que ahuyenta fieras",
me erija a mí la Madre de Dios Hombre;
que no menos sagradas las riberas
le plugo hacer del mexicano lago
que las del Ebro ya, que las del Tajo.
XXXIII
Dijo; y Juan, reverente como urbano,
porque sin arte el labio más plebeo
reina la sumisión el mexicano
-ningún Mercurio a tanto Caduceo
se obstó- aunque fatigando menos llano
que viento, el pie a par con el deseo,
llegó a México en pos de su obediencia,
temprano a la Obispal, tarde a la audiencia.
XXXVI
Pues llegó a Don Fray Juan apenas, cuando
con no violento le escuchó cariño
bien que sagaz de un nuncio recelando
tan anciano la edad, la fe tan niño,
no fuese la visión de contrabando,
a tinieblas paliada al rebociño
de las que anochecerle pretendía
la que del siempre Sol le amanecía.
XXXVIII
Mas como la prudencia no lo fuera,
si en tales casos crédula impaciente
de instantáneos informes se creyera,
dejó la prueba al siempre competente
Juez, en discernir la verdadera,
sea tiniebla, sea luz, de la aparente
al tiempo, de quien suele en igual graves
materias Pedro disponer sus llaves.
XXXIX
Llevando Juan la vuelta a su villaje
a la ya, por tocada, empírea cumbre,
le dió Santa María el buen viaje;
y de la que contrajo pesadumbre
a la duda obispal con su mensaje,
no de dejó a su voz triste vislumbre,
a quien para el futuro exhortó día
a ser su Ángel de segunda vía.
XL
Volvió al siguiente sol Juan a palacio
do, aunque el Señor le dió veloz oído
gastando empero asaz prolijo espacio
en su examen, quedó no más vencido,
que a dar al Nuncio fé no más reacio;
partió aquel de calumnias malherido,
no del Pastor sino de su rebaño
fácil crédulo en sí de ajeno engaño.
XLIII
Dos de su grey el Mayoral previno
los más linces, que espías le observasen
el que ya de su albergue iba en camino;
intimados que no le perdonasen
digresión, poza o paso peregrino,
de que cautos su vista no informasen;
mas fuese permisión o providencia,
se hurtó el Indio a sus ojos sin violencia.
XLIV
Corridos los dos Argos de su incuria,
depusieron del Indio con su Dueño
cuanta superficial famosa injuria
para mentir vigilias a su sueño,
les desató del pundonor la furia;
uno lo dice transformado en leño,
otro en sierpe, éste en toro, aquél en cabra,
más de verdad ninguno habla palabra.
DEL CANTO CUARTO
I
La tarde propia de la ya mañana,
la senda a su alquería repitiendo
iba Juan, y a la luz ultramontana
del sol hacia su clima entre muriendo;
cuando en el monte la Alba Soberana
tercera vez se le mostró riendo
y por su propio nombre le saluda
preguntándole nuevas, que no duda.
II
Ya, Señora, sabrás, siendo María,
cómo tu causa, por encomendada
a la de ningún dote agencia mía,
no sólo en calma, pero mal parada
queda en México; cuando su más pía
la interpretó opinión a bien soñada;
que otros quisieron, para mi despeño,
que otro brebaje me brindase el sueño.
III
Busca por la Occidental otro que sea
-si tu favor pretendes sea creído-
de las ruidosas prendas que desea
para su asenso el español oído,
que a mí ya es imposible que me crea
cuando a mis voces yace tan dormido,
que lo que entonces vi y ahora veo
de mi embriaguez lo atribuyó a Morfeo.
IV
A tal candor no pudo Alba tan pura
negar, el que jamás negó a inocente,
risueño labio; bien que con mesura
le enseñó a su arbitrista balbuciente
cuanta a su orden superior criatura
tenía, no más santa que elocuente;
pero que en su ningún caudal quería
ostentar su mayor soberanía.
V
Ve en paz, le despidió, tímida oveja,
y cuando en pos de tu celeste vengas
pasto, en la tierra de explorar no deja
este repecho, donde porque tengas
alivio en el tormento, que te aqueja,
pondré en quien oyere tus arengas
tal fé de que Yo soy la que te envío,
que el Mayoral te apruebe, nuncio mío.
VI
De admiración embelesado y gozo,
a saltos de placer sumó el camino,
mas no saltó a su dicha estigial pozo;
pues a su deudo halló Juan Bernardino
expuesto el alma al último sollozo
y el cuerpo a ser del túmulo inquilino,
de un cocoliztle, achaque al mexicano,
no más incorregible que tirano.
VIII
Solícito, pues, Juan, cuantas le pudo
humanas contras al enfermo aplica
viendo empero a su tío, si no el nudo
a la garganta, al vientre la atroz pica,
el que de lo inmortal sagrado Escudo
la Católica Palas comunica
en semejante lid a su Teseo
partió a buscarle a pasos de correo.
IX
Más recelando -sayagués recelo-
que la divina Madre le impidiese
camino, en que a su hermano le iba el cielo;
cual si de Águila tanta se pudiese
escapar a la vista o ir al vuelo,
aunque detrás del mundo se escondiese,
por el opuesto rumbo dobló el monte,
pero en vano gastó nuevo horizonte.
X
Por la contravertiente o derecera
del que al ir y venir reconocía
cerro, echó el Macehual; pero tan fuera
del que sin su rodeo pretendía,
que la fuga zaheriéndole grosera,
persona y pasos le embargó María;
su yerro Juan enternecido acusa
bien que le dora con divina excusa.
XI
Temiendo que, de hallarte, en la tardanza
no enfermase mi tío a la otra vida
-que a la de acá ya está sin esperanza-
del que tu Hijo la mortal herida
remedio instituyó, dejó libranza,
iba, huyendo de tu dulce detenida,
a buscarle el Quirurgo competente
con que de ti, por ti, me incurrí ausente.
XII
Pláceme la razón de tu extravío;
mas de tu deudo olvida el accidente
creyendo el que me asiste poderío
para darle, no ya convaleciente,
pero salud de tan holgado brío
que juzgue el Pueblo se soñó doliente,
si no es qe tú también con tu prelado
vives, de que esta soy, desconfiado.
XIII
Nunca manchó tu siervo pensamiento
tal duda; pues en prueba de quien eres,
tu faz pureza da, vida tu acento,
siempre la más feliz de las mujeres
te confesé en los ocios del tormento;
dáme en rostro la culpa que quisieres
con tal que no me toque en la fe tuya,
si no pretendes que otra vez me huya.
XV
Dobla de esa colina el desaseo
y de la que a su espalda mancha hermosa
vieres -cual lunar bello en rostro feo-
uen tierra macilenta ufana Rosa
-flor que suelo yo dar por Jubileo-
troncha las que en tu manta venturosa
den a tu santo dueño no pequeñas,
si de Asís viene, de mis gracias señas.
XVI
No en México será menos divina
seña a su Mitra de que Yo te envío
tanta en invierno flor hiericuntina
de la que Asís dió a Roma en el estío;
y a su tierra fue tan fidedigna
purpúrea firma del indulto mío,
que de mi Hijo entonces Tesaurario,
a Roma vista, nos franqueó el erario.
XXI
Sólo es de Asís ceño, do a un suelto Infante
de Roma Sacro en Tenoztlán Patricio
descojerás mi lábaro fragante;
será, empero, que algún pequeño indicio
sus domésticos vean, importante,
que en tanto humilde rara vez de oficio,
ni Argos los ojos a poner acierta,
si milagrosa voz no le despierta.
XXXIII
Hirió la etérea luz la agreste casa
y por las brechas de su infiel reparo
entró al mísero albergue, tan no escasa,
que le causó al bujío día más claro
que el sol caldaico a su campaña raza;
cuyo de gracia largo a par de avaro,
bien cual Virgen fulgor de nocumento,
nuevo al que ya expiraba inspiró aliento.
XXXIV
No así absorto el Consulto de Areopago
viendo morir al sol en plenilunio,
en su memoria decretó el estrago
del orbe, o de su Autor el infortunio;
como el bozal de ver bañar su lago
de un sol por el diciembre, cual por junio
jamás se vio, pensando que se había
mudado el cielo, el año, el mes, el día.
XXXVI
¿Quién eres, nueva estrella matutina,
exclamó, cuya pitimal potencia
siendo a un tiempo mi Apolo y medicina
curó con una vista mi dolencia?
Que aunque a las nobles de imitarse dina
doncellas nuestras la exterior decencia,
tu Beldad mal encubres; pues pareces,
si unas veces mujer, deidad más veces.
XXXVII
Ave Juan Bernardino, Dios te guarde,
ten salud, deja el suelo de tu cama;
pues ya de la que ardió fiebre cobarde
huyó a mi dulce voz su amarga llama,
dispónte a hacer de mi favor alarde,
mira que ya el Obispo, a quien la fama
llegó de tu salud por tu sobrino,
a México previene tu camino.
XXXVIII
Dí a mi querido Siervo y tu Prelado
que allá vas; de quien soy tan fiel testigo
como de mi favor excencionado,
cuando te preocupé del que contigo
féretro estaba ya resucitado,
que me erija el que dije y ahora digo,
templo en el monte, donde la mentida
de Diosas Madre un tiempo fue aplaudida.
XL
Do a la tarde, a la noche, a la mañana,
no benéfica menos que divina,
la puebla en sus fortuitos Mexicana
me habrá en su labio, no bozal vecina;
mas de verdad, aunque en el monte llana,
mientras el orbe en su vaivén termina,
a serle a mejor Rey Conquistadora
en el valle, en la cumbre, a cualquier hora.
XLI
Cuyo titular mío sea renombre,
"la que ahuyenta fieras"; aunque ya veo
que adultera sin culpa aqueste nombre
al labio mexicano el europeo;
mas, como Yo de allí cuantas del hombre
son y serán, logrado mi deseo,
fieras ponga en huida más atroces
¿qué importa mude la piedad mis voces?
XLIV
Mal terciado en su capa el mexicano,
en el inter de aquel y este impaciente
doméstico obispal, curioso alano,
quedó Juan Diego; mas tan obediente
al Virginal precepto que a esta mano
y aquella, defendió la floreciente
copia sagrada que prendió en su ayate,
de la curiosidad que la combate.
XLV
Pero al fin, por lograrse redimido
de la Pajense vejación, un canto
les asomó de su Alquisel florido:
primavera pensil juzgan su manto;
cuya corriendo voz al sacro oído,
dio al piadoso Pastor cuidado tanto,
no sin Deidad, el mísero Juan Diego,
que a su retrete le introdujo luego.
XLVII
Ya la propia del hombre vuelto planta
de la que a su Pastor dobló rodilla,
dio libertad a su prendida manta;
que en lluvia hermosa, por cualquier orilla,
de flores prorrumpió, pero no espanta;
porque las estampó la Maravilla
florida Sol, serenidad amena,
que en la tilma pintó la "Gratia Plena".
L
Doce el décimo mes soles contaba,
que hoy duodécimo fuera, si Octaviano
no hurtase en pos de Julio el que tocaba
nombre al diciembre, sin temor de Jano;
no escriben la que sombra el sol rayaba,
cuando en el del humilde americano
manto, de gloria ya, si antes de pena,
de flores se copió la Nazarena.
LII
Convocado a Palacio el día siguiente
del silbo pastoral Juan Bernardino,
la celestial visión narró fielmente
contestando al que trajo su sobrino
antes de verle, sin dejar luciente
ápice, Simulacro peregrino,
y con el nuevo de su inesperada
salud cerró milagro su embajada.
LIII
Noches catorce apenas huyó el día
desde esta a Tenoztlán felices hora,
cuando por su Nobleza y Clerecía,
en fausto y religión competidora,
al monte que ordenó, do ya tenía
epiciclo capaz la Sacra Aurora,
fue conducida con magnificencia
a tomar posesión de su influencia.
DEL CANTO QUINTO
I
Raso -maguey le llaman- vegetable
que esta parte del Cancro lleva el suelo,
planta tan a su dueño usufructuable,
cual concedió a otra tierra ningún cielo;
a los del tiempo asaltos indomable,
dura al sol, dura al agua, dura al hielo,
su corazón lo diga alado a pencas
de agudas archas, más que las flamencas.
II
Su tronco neto el pleno abarque impide
de brazos dos en bicodal altura,
su herido corazón licor despide
que al de Hiblea no le envidia la dulzura;
asado, electo pasto al gusto mide:
agradecida planta, fiel criatura;
pues al que ningún costo la cultiva
no sabe, aunque la tuesten, ser esquiva.
III
Tres potables le brinda; uno es vino
que cuando la alquitara le resuelve
sabe correr por aguardiente fino,
su castigada hoja en hebras vuelve
hilo, sino de asiento, de camino;
de afán y frío en el hogar absuelve
y al fin, sobre otros mil usos, al dueño
sirve de vino, agua, dulce y leño.
IV
Aristarco de a pie, plebeyo diente
juega al colmillo; y de su flaco embaza
Horacio no, si estómago impaciente,
la cruda lima astada en alcaraza:
dí que es de monstruo la que a su escribiente
pluma del principal asunto enlaza;
y cierra, que un mezcale pintar supe,
cuando el tema es la Flor de Guadalupe.
V
Y te responderá la Maravilla
que entre los otros, que a su primer Planta
milagros concurrieron a la Silla,
siendo el que a los pintores más espanta
no es el que a todos menos maravilla;
que arrostre tal primor tan cruda manta
y al pincel tal matiz beba en Bohemio
aun de colores líquidos abstemio.
VI
Deba en mi estilo, en mi pluma deba
a la Virgínea Madre aquesta fama
el "para todo" de la España Nueva,
sepa la Antigua de raíz la trama
del lienzo estéril, donde tanta lleva
florida copia de Jesé la Rama,
que de corteza a flor, milagros tupe
en su Imagen del nuevo Guadalupe.
VIII
Dos, poco más, llenó varas en alto
del sayagués américo la capa,
donde el Sacro Pincel rayó tan alto,
que de su vuelo, cielo no se escapa;
pues ni el empíreo se le fue por alto
en la que pinta de ambos orbes mapa:
dígalo aquel Querub en quien estriba
cuanto hay de Dios abajo cielo arriba.
IX
Palmar seis veces de altitud descuella
su elevación, desde la heroica planta;
cuya a la luna generosa huella
luces pule, candores adelanta
hasta el sol; cuyos doce a tanta Estrella
tienen rayos, ceñir su sacrosanta
frente que consiguieron por su ambiente
ignorar el ocaso en occidente.
XIX
Sobre la excelsa parte el manto ajusta
diadema real, de un oro que pudiera
dar al sol, cuyo globo le circunsta,
no poca envidia, si el metal no fuera
solar estirpe de su llama augusta;
mas una y otra del arte se atempera
que, opuesto el giro de ambas, ocasiona
imperial de oro y sol Fénix, corona.
XXIX
Con cuyas doce el sol lumbres el sello
echó al asiento que en el sacro adorno
gasta, desde una del virgíneo cuello
a la otra parte, coronando a torno
su faz, diadema, sienes y cabello,
donde tan a las manos ve el retorno
el Celeste Jayán, que al menos gana
que no se le despinte la mañana.
XXX
Pues sobre un siglo, ha ya no pocos soles,
que el de occidente Guadalupe honora,
prosiguiendo matices y arreboles
la Maravilla que pintó la aurora
y que el sol de brillantes girasoles
circunda su hermosura vencedora,
con que mientras del tiempo triunfa aquella,
jamás de aquel occidental querella.
XXXIII
De aquel sí corvo garbo y gallardía,
que la melliza del fulgor diurno
luce a pesar del sol al cuarto día,
huido el uno y otro cuerno eburno,
en medio de una y otra punta pía,
suelo sirvió a María, no coturno;
y haciendo por aquella y esta punta
plaza a su Emperatriz, nunca las junta.
LIII
Que a penetrar ninguno se ha atrevido
de la Celeste Puebla esta eminencia,
de que el Trono de Dios se ve asistido,
a las dos les encubren la presencia
a tanto alado Serafín rendido,
del que es todo poder, todo clemencia,
y esto en el Mapa se pintó florido
donde el Argos Querub nació torcido.
LIV
Así pintó la Fénix Maravilla
a quien, cual de sol tanta expresa sombra,
no sólo no le pasa interrumpilla
por su mudanza al tiempo; mas se asombra
de ver, que hoy como ayer, su matiz brilla;
no en Guadalupe más valiente Combra
de patrocinio a México, que propia
de su etérea beldad amena copia.
LV
De aquel nombre, hasta el siglo que hoy florece,
el sitio y el bosquejo se apellida;
donde, a pesar del tiempo, si no crece
en lienzo frágil su beldad florida,
a pesar de los años permanece
sin que una flor el tiempo le despida,
tan primavera ahora como entonces:
¡oh, Lienzo, envidia a los azules bronces!
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Bibliografía:
PEÑALOSA Joaquín Antonio, Flor y Canto de Poesía Guadalupana, Edit. JUS, 1a. Ed. 1987 |