| . | Investigación Documental sobre la Virgen de Guadalupe | . |

NOTA: Estos pequeños versos los compuse yo. Sé que soy un mal poeta, y sin duda que habría mucho que corregirle a mi estilo. Jamás había compuesto antes de ahora, y no tengo ningún conocimiento (por el momento) en cuestiones de metro y ritmo. Simplemente los expongo como muestra de mi devoción a Santa María de Guadalupe, a ella le dedico estos versos.
Más allá del Mar de las Antillas,
en México de flores coronada,
es Guadalupe Rosa de Castilla,
de Dios la Primavera continuada,
Él quiso hacer la Octava Maravilla,
la puso en Tepeyac engalanada,
en el Lago de México, a la orilla,
un cerro azteca quiso por morada.
Sufrió Tenochtitlán dura agonía,
por la Conquista del guerrero hispano,
y la fe, esos diez años, parecía
imposible de sembrar por franciscanos.
Dios trajo al Anáhuac la alegría,
rosas decembrinas que plantó Su mano
mandó a su Madre, mandó a María;
la espera, mexicanos, no fue en vano.
Apareció entre nopales y mezquites
dando flor y canto por signo primero,
y un cerro seco donde eso no existe
se vuelve santuario del Dios verdadero.
La noble señora a Juan Diego elige
y su voz lleva el indio mensajero,
pero aun rechazado, por fe no desiste,
repite el mensaje, cándido y sincero.
El Obispo duda, señal necesita
para dar crédito al raro mensaje,
si la Madre de Dios México visita
deber de cristianos es darle homenaje.
Para convencerse, que a la fe le asista
señal milagrosa que del cielo baje,
y que de los hombres convenza la vista
si de veras es de divino linaje.
El tío Juan Bernardino está muy enfermo
y la muerte ve acercarse a su cama,
su destino va a ser el Mictlán o el Infierno
si no está con Dios y con paz su alma.
Para presentarse frente el Juez eterno
quiere confesarse y recibir la calma
de un sacerdote, le pide a Juan Diego
que corra por uno, pues su estado alarma.
Cerros helados, el camino a Tlatelolco
va corriendo Juan Diego a temprana hora
y con la inocencia de neófito tosco
procura eludir a la hermosa Señora,
pero por la senda, al caminar un poco
ve venir a la Niña Encantadora,
siente en su presencia un reproche ronco
y ante Ella el indio se apena y se azora.
No tengas miedo, Juan Diego -le dijo,
de la enfermedad u otros sinsabores,
te informo que ya está sano tu tío,
dame tu confianza, no abrigues temores.
Ahora tú, el más pequeño de mis hijos
sube presto al cerro y córtame flores
rosas de Castilla que por seña elijo,
suave garantía para inquisidores.
Juan no duda, a pesar de que en diciembre
no produce la tierra del cerro otras cosas
que abrojos y cactos, a veces magueyes,
pero esta vez brotan las flores preciosas,
que Dios lo permite, pues María las quiere
enviar por bandera, brillante y hermosa
al Obispo escéptico, y así para siempre
darnos su materna señal milagrosa.
El camino a México se vuelve aromático
por la fragancia de las rosas divinas,
a los que lo tocan, un misterio mágico
cerrado a su tacto, abierto a su vista,
parece, y entonces van corriendo rápido
a llamar al Obispo, para ver si atina
a entender qué es ese jardín estático,
que aquel indio lleva encerrado en su tilma.
La prueba de verdad que pidió el Obispo,
anuncia Juan Diego -mirad bien, señores-
sean de este milagro veraces testigos
y reciban estos marianos primores.
De su ayate sale cascada de brillos,
caen al suelo rosas de muchos colores,
pero impreso en la tela queda otro prodigio,
un rostro más bello que todas las flores.
Se embelesan todos al ver esa imagen,
signo de un prodigio del Dios Verdadero,
y no idolatría que tonto divague
el indio que porta tan raro portento.
Regalo cristiano de la Reina y Madre
que ampara a los indios con materno celo,
del amor divino no son ignorantes,
por su sacrificio reciben su premio.
Pintada con el nácar de los cielos,
el prodigio que Dios ha dibujado,
realizando con creces el anhelo
de sus hijos, los indios mexicanos,
una rosa que funde todo el hielo,
Dios la hizo brotar de entre sus manos,
maravilla que nos llena de consuelo,
el cerro se volvió un vergel mariano.
Rostro de hermosura, de suave fulgor,
esa Maravilla Guadalupana,
a Dios y a su Madre cristiano fervor
dan los mexicanos y las mexicanas
Y el indio Juan Diego, nuestro intercesor
y ejemplo de fe para cosas santas,
es reverenciado con pompa y clamor
su fe el nacimiento de México planta.
Voz materna, palabras cariñosas,
de la Madre y Reina por excelencia,
en Tepeyac siguen brotando las rosas
de la fe, el amor y la obediencia.
Mexicanos, les quiero decir una cosa,
recuerden y vivan esa preferencia
que nos dio María, Flor y Reina Hermosa,
¡México entero, bendice su presencia!
Amor profundo e inspirador,
es la Emperatriz Americana
de la tierra la más bella flor
Un Paraíso, Primavera Mexicana,
nueva Aurora porque apareció,
igual que el sol, por la mañana.
Virgen Morena, danos tu amor,
Rosa de Luz, Rosa Temprana.
Es María que vino,
pues quiso enseñarnos,
a blancos e indios
que somos hermanos,
Todos somos hijos
de Dios Soberano,
que pintó el prodigio
y quiso salvarnos.
Hermosa princesa
del mal vencedora,
la tierra azteca
de ti se enamora.
Es flor que viene,
que brilla gloriosa,
señal que tiene
lluvia de rosas.
Virgen que quiere
dar, amorosa,
cielo presente,
insignia hermosa.
Rosas que nacen
en esta tierra,
y que complacen
a nuestra Reina.
México alabe
tanta grandeza
y que la abracen
los que la quieran.
Y si México al mundo le desea
mostrar de sus tesoros la belleza,
que muestre la mejor de sus banderas,
¡La Flor Guadalupana, Virgen Morena!